Categoría: Blog – Jon Beunza

PAZ, TOLERANCIA, RESPETO Y PRECAUCIÓN

Reflexiones después del último verano

Subir un puerto con el que siempre hemos soñado es algo único, pero hacerlo en calma, sin tráfico y poca gente, mucho más. Desgraciadamente, este último hecho cada vez es más difícil, sobre todo en puertos “populares”, y esas sensaciones viven amenazadas y podrían convertirse en “rara avis” ante la curiosidad y manía que tenemos los seres humanos de querer llegar a todas partes de la manera más cómoda.

Sí, porque somos comodones por naturaleza y buscamos llegar a primera fila sin apenas esfuerzo. Sí, cada vez hay más medios para moverse y llegar a lugares hasta hace poco de imposible o al menos trabajado acceso; pero eso no supone que tengamos que exprimirlo hasta las últimas consecuencias.

Las bicis no son el problema, aunque nos lo pongan y lo podamos poner más o menos difícil al resto de vehículos. Muchas veces las carreteras son estrechas, con muchas curvas y adelantar a un ciclista con una de esas enormes caravanas no es tarea sencilla. Es una pena, pero hay puertos que subirlos sin poner pie a tierra en algún momento supone un reto añadido. Un sábado de agosto el Stelvio podría ser un claro ejemplo

Las motos tampoco deberían ser el problema, aunque cada día son más grandes, muy pesadas y difíciles de manejar en algunas carreteras. Pero con buena voluntad se lleva bien. Además muchas veces les unen objetivos similares a los nuestros. Otra cosa son las motos “racing”, que van a darlo todo, a correr, a tumbarse, a ser una permanente amenaza para el resto de los vehículos. Un sinsentido… si quieres correr busca un circuito: a la montaña se va a disfrutar del entorno, del trazado, de las curvas, pero en plan tranquilo ya que no estás solo.

Podríamos seguir con los coches. Aquí volvemos a encontrarnos de todo, aunque el peligro está en esa nueva moda de hacer expediciones con coches de lujo de alquiler: Ferrari, Porsche, Maseratti… cada cual mejor, que, a base de acelerones y chirriar de ruedas, suben los puertos. Objetivo, según ellos, disfrutar; cosa que no dudo que hagan, pero de cara a la mayoría vuelven a ser un peligro que solo busca llamar la atención.

Y seguimos con las autocaravanas, una gran alternativa para hacer turismo, pero cada vez son más grandes, muchas de alquiler y en muchos casos con conductores inexpertos a la hora de maniobrar y que muchas veces sin darse cuenta se meten en buenos marrones. Hace un par de temporadas vivimos en el Mont Ventoux uno de los mayores atascos que hemos visto en la montaña: 2 km para arriba y 2 km para debajo de atasco, todo por dos enormes autocaravanas que no se decidían a cruzarse. Y ojo, que no era tarea nada fácil, ya que la amenazadora ladera a un lado, el talud de la montaña al otro y la estrechez de la carretera, no daba para mucho más. Un problema en toda regla y todo el mundo de mala leche.

A esto deberíamos añadir las obras. Algo lógico: estamos en zonas en las que el verano es muy corto y tan solo tienen cuatro meses para trabajar con garantías. Arreglos de carretera, construcciones, instalaciones… son pocos meses para trabajar a toda pastilla. Consecuencia: algunos cortes de carretera, semáforos de paso alternativo, camiones de material…

No nos veáis en plan negativo. Solo se trata de una pequeña reflexión de una realidad que no debe suponer un freno para seguir viajando y buscando puertos.

Inevitablemente se aproximan tiempos de prohibiciones, limitaciones, horarios, peajes… Cada vez hay más puertos que son de pago si se quiere subir en vehículo y además nada baratos. Hay también zonas con cupo de vehículos. Se abre la barrera de peaje y a partir de un número de vehículos se cierra. En ese momento, siempre queda la posibilidad del autobús para ascender. Algunos ni abren ese cupo y la única posibilidad de subir es en los autobuses que ponen para el turismo o, si no, disponer de un pase especial.

Con todo esto, los ciclistas podemos salir ganando ya que la tranquilidad vuelve a crecer. Pero tampoco está todo muy claro, ya que la fuente de ingresos por parte de los ciclistas es una parte importante, pero no suficiente para las necesidades y ambiciones turísticas de muchas zonas.

¿Qué puede ocurrir? El asunto no es fácil y aún menos que todos los implicados lleguemos a ser una familia bien avenida. Tendremos que adaptarnos a lo que venga: todo evoluciona y cambia, y no solo en el mundo de la bici. El ocio camina unido a la movilidad, a la acción, y esto hace que evolucionemos hacia una pequeña masificación en la mayoría de las actividades al aire libre. Todos hemos disfrutado algún deporte en paz y soledad; ahora, esto se reduce a momentos poco habituales porque, vayas donde vayas, casi siempre hay alguien.

Paciencia, tolerancia, respeto y precaución, son los adjetivos claves para el cicloturista, siempre útiles en carretera, y que nadie debería de olvidar vaya en el vehículo que vaya.

Los grandes puertos son testigos de excepción de lo que os comentamos. No se inmutan, aunque si hablasen quizás dieran muestra de nostalgia y tristeza. Sin embargo son fieles y van a seguir siendo parte de nuestros sueños. Eso no va a cambiar: siempre van a estar esperándonos y no dudéis que siempre tendremos la manera de disfrutarlos.

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Hace ya unos cuantos años que a comienzos de marzo suelo aprovechar el stage de Ziklo para escaparme unos días a pedalear a Benidorm. El objetivo es claro, buscar un poco de sol, buena temperatura, buenas carreteras, un puntito de forma, y «romper» con el frío, lluvia y nieve del invierno norteño. Los de mi zona o aquellos que vivan inviernos parecidos, me entenderán perfectamente. Los del sur, Mediterráneo o islas, quizás no tanto… Aunque sí, el tiempo está, o le hemos hecho estar loco y hay veces que lo habitual se convierte en excepcional.
Tenemos tendencia a pensar que casi todos vivimos el cicloturismo de forma parecida pero no es así, las dos ruedas nos unen pero dentro de esa unión cada uno somos un mundo rodeado de circunstancias climatológicas. pero ante todo personales.
Se puede ser un «loco» de las cumbres pero viviendo a un montón de kilómetros de las montañas no resulta fácil, se puede buscar rodar con calma y tranquilidad, pero viviendo en una gran ciudad puede ser un problema, se puede… Ejemplos los tenemos todos. Tenemos la mala costumbre de que nos guste aquello que es más complicado pero no podemos olvidar que la clave es adaptarse y disfrutar con nuestra realidad y luego, eso sí, aprovechar cada oportunidad que se nos ponga a tiro para darnos esos «caprichillos» que tanto nos aportan.
Foto: Andoni Epelde/Ziklo-Team
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Hay lugares que te impactan, fascinan y obligan a que tu mirada no pierda detalle de todo lo que te rodea. Uno de esos es sin lugar a dudas la RONDA SELLA en el corazón de Dolomitas.
Después de 2 años, si no se tuerce nada, este verano volveremos, en un viaje con ZIKLO. Pordoi, Sella, Gardena, Campolongo, un bucle mágico, opinión que creo que compartirán todos los que han tenido oportunidad de recorrerlo. Si, porque aunque Fedaia, Giau, Falzarego, Valparola… de por sí solos ya justifican cualquier viaje, la «ronda» es el remate perfecto.
Siempre me ha gustado «tratar de saber algo más» de los sitios que visito y está claro que con está zona de los Alpes Orientales (sí, son Alpes) tenía que pasar lo mismo.
La Ronda Sella y en general Dolomitas son un «sin palabras». Le Corbusier, uno de los más famosos arquitectos del siglo XX, los definió como “la más bella obra arquitectónica del mundo”. De hecho, las Dolomitas ofrecen un panorama magnífico: montañas hechas de muros de roca, glaciares, sistemas kársticos, picachos altísimos, torres y pináculos; montañas incisas por los agentes atmosféricos, donde se mezclan la cultura italiana, la alemana y la de la comunidad autóctona ladina.
Dolomitas toman su nombre del geólogo francés Dieudonné Dolomieu D que descubrió las propiedades de la dolomía, una roca caliza riquísima en mineral dolomita, presente en esta cadena montañosa.
La dolomía da a las montañas un color particular: el blanco (motivo por el cual se denominan también “Montes pálidos”), sin embargo, al amanecer y sobre todo al ponerse el sol, esta zona asume un color que va del rosado al rojo fuego, es el fenómeno llamado “enrosadira”.
Dolomitas es ésto, y mucho más.. pero lo mejor, verlo en directo.
Foto: A. Epelde/Ziklo Team
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Los Pirineos me han dado y enseñado mucho. Toda mi vida ha estado directa o indirectamente ligada a ellos. Nací en sus límites a orillas del mar, donde pierden altura para desaparecer en la profundidad de los mares, sin embargo mis orígenes me llevan directamente a su interior. Muchos de mis hobbies, ilusiones y sueños han vivido y viven entre la autenticidad de sus pueblos y valles y a la sombra de sus majestuosas cumbres. Es ese lugar al que siempre se que querré volver.

Llevo varios días de estar en casa, de leer, de volver a traer a un primer plano recuerdos y sueños por realizar. Casi por casualidad he tenido la suerte de volver a leer algunas historias y leyendas que nos hablan del origen de los PIRINEOS. Una de las más extendidas es una que cuenta que el origen legendario de estas montañas es fruto de una pasión desenfrenada. Con diversas variantes muchas de ellas nos refieren que cuando Hércules atravesaba las tierras del sur de la Galia para enfrentarse al monstruo hispánico Gerión, fue acogido por el rey Bébrix, padre de la princesa Pirene. El héroe se emborrachó y, bajo los efectos del vino, sedujo a la chica con falsas promesas de matrimonio. Alcanzado su propósito, el muy granuja continuó su camino, dejando a la chica abandonada en el palacio de su padre. Meses más tarde, Pirene, después de dar a luz una serpiente, huyó horrorizada hacia el bosque, donde fue devorada por las fieras. Al volver de la expedición, el héroe encontró los restos de la infortunada princesa dispersos por el bosque. Arrepentido de mala acción, los recogió y, tras darles sepultura, levantó sobre la tumba un grandioso mausoleo de piedra, bautizando todas estas montañas con el nombre de Pirene.

Está claro que desde un punto de vista científico esto no tiene el más mínimo sentido pero son historias que gusta leer de vez en cuando.

Foto: A. Epelde/ZIKLO-TEAM
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Sábado tarde, trabajando para cerrar un viaje y se me ha cruzado un poco un cable.
Con lo que me gusta escribir hace mucho tiempo que no estoy por aquí. Tranquilos, se que casi nadie habrá notado la falta de mis reflexiones. Reconozco que no he tenido mucho tiempo pero también me ha fallado ese motor de vida que es la motivación.
Sigo y seguiré activo con Ziklo pero hoy hablo como Jon Beunza. No soy nuevo en esto de las redes, puedo estar callado, pero sigo al día de todo y se de que va el juego. Aprendo, me informo y tengo la oportunidad de mantener el contacto con buenos amigos, pero estoy un poco decepcionado porque veo que cada vez vale más el hablar por hablar.
Ojo, no hago referencia a los que contamos nuestras aventuras, ilusiones, conquistas, eso me encanta, y siempre lo leo con agrado. De las experiencias y sueños de otros siempre se aprende.
De lo que reniego es de la gente que utiliza las redes como un arma de destrucción. Suena fuerte pero es así y que conste que lo digo desde una perspectiva general y personal y por nada que haya afectado ni a Ziklo ni a mi en ningún momento.
Hablo desde el Jon persona que entiende la vida desde su propia perspectiva. Me pone malo la crítica fácil y despiadada y que muchas veces se escuda en el desconocimiento. La crítica es buena pero debe ser siempre constructiva, No me gusta cuando leo cosas, sobre todo en twitter y algunos foros que su rigurosidad no pasa del opinar por opinar. Entiendo que la libertad es la gran virtud de las redes, pero creo que nadie hace las cosas mal adrede y muchas cosas tienen un por qué que desconocemos.
Seguiré leyendo todo, aprendiendo y ojalá que disfrutando, pero me temo que mis aportaciones van a ser esporádicas.
Casi nadie notará mi ausencia, y lo entiendo, hoy lo que vale es crear polémica y a mi eso no me va. Cada uno debe vivir la vida como las siente y la mía es la de estar cerca de aquellas personas con las que puedo compartir cosas.
La vida siempre es una oportunidad de sumar.
La foto es de Andoni Epelde/Ziklo Team. Col de Sabot
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Hoy es el día del Mont Ventoux en el Tour, una de esas cimas que despiertan un interés especial, que imponen respeto, y que también será una de las protagonistas de nuestro viaje a Alpes de este mes.

 

Es uno de esos puertos que no llega a los 2000 m, pero se presenta con diferencia como la montaña más alta de la región y de ahí el nombre de «gigante de la Provenza». Su nombre es muy clarificador. Ventoux, significa «ventoso», y es que el viento puede pegar de lo lindo en la cima donde el mistral ha llegado a registrar velocidades de hasta 320 km/h.

 

La historia dice que el primero en escalarlo, fue Petrarca en 1336. Petrarca está considerado el padre del alpinismo. En el siglo XV se construyó una capilla en la cumbre, dedicada a la Santa Cruz. En 1882 se construyó una estación meteorológica que ya no está en funcionamiento y en los años sesenta se instaló una torre de comunicaciones de 50 m de altura que hoy en día es su seña de identidad.

 

El Mont Ventoux, aunque geológicamente forme parte de los Alpes, se considera una montaña separada de ellos debido a la ausencia de montañas de altura parecida en los alrededores. La cima de la montaña es de piedra calcárea, sin ningún tipo de vegetación ni árboles. La caliza blanca de la cima hace que, desde lejos, de la impresión de estar nevado todo el año.

 

La ascensión del Mont Ventoux se puede hacer por tres vertientes, este año el Tour lo ascenderá por 2 de ellas (Sault y Bedoin) para acabar en Malaucène, en la que será la etapa reina de la edición. Allí acabaremos también nosotros nuestra etapa.

 

 

La vertiente sur, desde Bédoin, 1580 m de ascensión en 21,3 km es la más difícil y famosa, y su pendiente media es del 7,46%. La subida es fácil hasta St-Estève, pero los 16 km restantes tienen una pendiente media que se acerca al 9%.  A partir del Chalet Reynard, el viento puede ser determinante, el que sea a favor o en contra puede suponer un mundo en el tiempo de ascensión.

 

Por la vertiente norte, desde Malaucène son 1515 m de desnivel en 21,2 km. Un poco más fácil que la subida desde Bédoin, y más protegida del viento. Por la vertiente este, desde Sault nos salen 1220 m de ascensión en 26 km. Después del Chalet Reynard la subida es la misma que la de la vertiente sur.

 

Pero no os fieis demasiado de lo que dicen sus números, porque el Ventoux es imprevisible y esto obliga a ser cauto. El viento puedo ser el gran aliado o un enemigo temible. Si da de cara, paciencia y a no malgastar ni un gramo de fuerza.

 

El Mont Ventoux es leyenda y épica por ser una de las ascensiones de referencia del Tour de Francia, pero lo que lo catapultó a la fama fue la trágica muerte de Tom Simpson. Aquella mañana del 13 de julio de 1967 el Tour partía desde Marsella.

 

En las primeras rampas, Simpson atacó, pero sería poco después superado por Julio Jiménez, que pasaría primero por su cima, aunque la etapa sería para Jan Janssen.

Aproximadamente 2 km antes de la cima, Simpson comenzó a cabecear de lado a lado de la carretera cayendo finalmente sobre ella. Rápidamente los auxiliares de su equipo le atendieron, pero él insistió en volver a subir a la bicicleta.

 

Sus últimas palabras fueron «¡Put me back on the bike!» (¡Subidme a la bicicleta!). Así fue: continuó a duras penas unos 500 m más, haciendo eses, cabeceando, hasta caer inconsciente.

 

 

El Mont Ventoux se acababa de cobrar una víctima, el corredor cuyo nombre y leyenda quedarán asociados para siempre con el «gigante de la Provenza».

 

Pero a sólo a unos metros de este lugar hay otra estela, que pasa desapercibida y nadie visita Nos cuenta una historia diferente a la de Simpson, tanto sobre el Ventoux como sobre el propio ciclismo. “En mémoire du Gaulois P.Kraemer décédé en Ventoux 2.4.1983 Union Audax Français», dice. “En memoria del galo P. Kraemer, fallecido en Ventoux el 2 de abril de 1983″.

 

Pierre Kraemer no era un hombre famoso, pero era un célebre miembro de la Unión Audax Francesa, club organizador, entre otros eventos, de la París-Brest-París. Pierre era conocido por su generosidad, su alegría y su trabajo. A los 56 años, a Kraemer le dijeron que tenía un cáncer incurable. Así que en abril de 1983 decidió escalar el Ventoux por última vez. Y coronó su último Mont Ventoux y poco después, cerca de la cima, donde la carretera se adentraba en un ventisquero, se bajó de la bicicleta, se sentó y se dejó llevar por el frío y la nieve. Lo encontraron al día siguiente, enterrado bajo casi un metro de nieve. Eligió que su destino le uniera para siempre al Ventoux.

 

 

Épica, tragedia, lo que queda claro es que estamos ante una de las cimas más especiales y deseadas del ciclismo, una tentación que si se os pone a tiro es totalmente recomendable.

Por Jon Beunza

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Sigo en fase “brazos caídos” en mi página. Muchos días escribo cosas pero al releerlas las he borrado ya que me veo siempre dando vueltas a lo mismo. Hoy no se por qué razón, estas líneas han pasado el filtro.
Para cuando queramos darnos cuenta llevaremos un año viviendo a merced del COVID. Quién nos lo iba a decir. Increíble, pero desgraciadamente cierto.
Unos lo han sufrido en toda su intensidad y otro han tenido más suerte, la salud ha inclinado la balanza. Ha pasado el tiempo y han sucedido cosas suficientes para poder decir, sin reparo, que la vida ha cambiado.
Lamentablemente, muchos hemos dado un vistazo atrás para darnos cuenta de que podíamos haber aprovechado mejor un montón de oportunidades. Qué este tiempo no se recupera y que el calendario pasa inexorablemente. Es la gran diferencia entre hacer lo que quieres o lo que puedes.
Hay días que resulta difícil mantener la moral alta, la ilusión, las ganas por hacer planes pero la resignación no es la mejor solución y lo mejor es adaptarse.
Quien me iba a decir que un trabajo ligado al ocio podría llegar a resultar por momentos frustrante. Todos los planes, proyectos, ilusiones, parecen dibujarse un poco más lejos. El horizonte se mueve, se quiere alejar más. Soñamos con sentirnos como antes, en tener oportunidad de invertir en experiencias y no en cosas. Esa frase tan recurrente, y que queda tan bonita, se hace más real y necesaria que nunca.
Los humanos somos buscadores de felicidad y el mejor vehículo es tener hobbies, sueños, inquietudes y amigos con las que compartirla.
Siempre es momento de recordar pero no podemos dejar de crear recuerdos.
Toca ordenar la pirámide de la vida.
Ánimo a todos
Foto: A. Epelde/ZIKLO-TEAM
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Vamos viendo como lo atípico poco a poco se va convirtiendo en típico, y no por gusto sino, porque seguimos estancados y a cada paso hacia adelante le sigue otro para atrás. Es frustrante saber que sabes volar pero que no puedes hacerlo, amenaza la desmoralización, pero es así y la mejor solución es siempre pelear por lo que puedes ser y no por lo que eras. A adaptarse toca.
Hemos acabado nuestra «minitemporada» de viajes. Más cercanos, con menos gente pero afortunadamente sin percances y disfrutando de la bici, del entorno y los compañeros.
Seguimos con muchos planes, con ganas de contar cosas, pero toca ser sensatos y esperar un poco.
Lo único que seguimos teniendo claro es que no estaremos parados. No somos de bajar los brazos y como ciclistas, sabemos que siempre después de un ascenso duro puede esperar una bajada donde recuperarnos.
Trabajar el ocio no es fácil con la situación actual, pero ese mismo ocio cargado de desconexión, cada vez se va a hacer más necesario. La cabeza sigue trabajando buscando el mejor camino, que nunca será mágico, pero que existe.
Como decía, el año ha sido atípico pero nos ha permitido vivir bueno momentos. Unos compartidos, otros más personales, pero lo importante es que sigamos sintiendo.
Año con la península como protagonista. Picos de Europa, Pirineos, Galicia, Mediterráneo, Andalucía… Nuestro último viaje fue a Granada, allí pude cumplir un pequeño sueño que se me había resistido en mis dos intentos anteriores. Al final, hice cumbre en el Veleta. Lo habíamos dejado final y si todo iba bien con el grupo, tendría opción de intentarlo. Las cosas fueron cuadrando, salí de la Hoya de la Mora más tarde que el resto del grupo y subí solo. Pensando, imaginando, empapándome de todo lo que me rodeaba y sintiéndome feliz. Momentos especiales, experiencia únicas.
Último tramo de sterrato en el Veleta. Desde donde acaba tan solo 50 metros andando y cumbre conquistada. Foto: A. Epelde/Ziklo

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Desafortunadamente no es el año. Allá por el mes de marzo cuando comenzaba a golpear la Covid y empezaban a suspenderse marchas, viajes y eventos, todos éramos medianamente optimistas y confiábamos en que iba a ser algo circunstancial y pasajero. Unos optaron por anularlas y dejar pasar el año y otros por la “solución” de retrasarlas al fin de verano o comienzos de otoño. Se apretaba el calendario y todo auguraba un otoño animado.
 
El tiempo ha ido pasando y la soñada “normalidad” no termina de llegar. Sea por nuestra culpa, por la situación general en la que no se termina de acertar, porque todo pasa más despacio de lo que pensábamos, o simplemente porque el virus es más guerrero, el caso es que no se han dado las condiciones para regresar a donde nos gustaría.
 
Estamos a punto de sacar un nuevo número de ZIKLO en el que teníamos pensado hablaros de ese “animado” otoño, pro según pasan las fechas estamos viendo como nos movemos al filo de las anulaciones y más contra mayores sean las dimensiones del evento.
 
Frustrante, si, necesario, probablemente también. Vivir en una continua incertidumbre afecta a todas las facetas de nuestras vidas. Organizar y programarse es casi utópico y cierto caos marca las pautas y además, de momento parece que las cosas a corto plazo no van a cambiar.
 
Vemos como algunos eventos salen adelante. Con cuentagotas, con un sinfín de medidas de seguridad, pero al menos son un paso adelante y puede que acaben indicando un camino. Porque queramos o no, nos va a tocar vivir con esto durante bastante tiempo y adaptarnos y convivir con la situación es la mejor manera de seguir hacia adelante.
 
Sirvan estas breves líneas para dar ánimos a todos los organizadores de eventos, viajes y marchas. No podemos desanimarnos, y ya sea como antes, o de otra manera, tenemos que seguir ahí. Al fin y al cabo, todos transmitimos ilusión y si también perdemos eso, todo pierde sentido.
 
Viajando con ZIKLO. Foto: Andoni Epelde

 

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¿Utopías?
Qué bonito es dejar correr la imaginación… Qué vuele libre, invente, cree aún a sabiendas que eso, que tanta satisfacción nos produce, es pura utopía.
Estoy seguro que en lo que os voy a comentar,todos vamos a coincidir. ¿Quién no tiene en mente una ruta, puerto o camino que más de una vez se la ha imaginado asfaltada? Seguro que hasta hemos planificado alguna ruta pasando por ese lugar y no sería raro que en algún sueño nos hayamos visto rodando en nuestra bicicleta.
Pero una cosa es lo que nos gustaría y otra la realidad, porque ya se que tiendo a ver las cosas con prisma ciclista, pero esto no quita un montón de «absurdos» con los que todos saldríamos ganando. El problema no es asfaltar un camino que ya existe y que cada año supone un mantenimiento, el problema es no controlarlo y no saber sacarle partido. En esto, hay muchas zonas de montaña que nos llevan años luz.
Porque cuidar la naturaleza puede tener muchas lecturas. Entre otras cosas, la naturaleza supone ocio y le gusta que convivamos con ella, que la cuidemos, mimemos y respetemos, pero a sabiendas que como una buena madre compartiendo cosas es como más feliz se siente.
Je, je, vaya filosofada para barrer para casa, pero os aseguro que es tal como lo siento. Las utopías alimentan nuestro espíritu y deben seguir ahí. Pero, una cosas es una utopía (que se basa en razones económicas, caprichosas, de realizaciones) y otra el hecho de que lo más fácil es prohibir, para evitar trabajo y quebraderos de cabeza
 
Una foto para la duda. Larun por Bera de Bidasoa. Utopía o realidad? Foto: A. Epelde/Ziklo

 

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