Día: 27 diciembre, 2021

Los Pirineos me han dado y enseñado mucho. Toda mi vida ha estado directa o indirectamente ligada a ellos. Nací en sus límites a orillas del mar, donde pierden altura para desaparecer en la profundidad de los mares, sin embargo mis orígenes me llevan directamente a su interior. Muchos de mis hobbies, ilusiones y sueños han vivido y viven entre la autenticidad de sus pueblos y valles y a la sombra de sus majestuosas cumbres. Es ese lugar al que siempre se que querré volver.

Llevo varios días de estar en casa, de leer, de volver a traer a un primer plano recuerdos y sueños por realizar. Casi por casualidad he tenido la suerte de volver a leer algunas historias y leyendas que nos hablan del origen de los PIRINEOS. Una de las más extendidas es una que cuenta que el origen legendario de estas montañas es fruto de una pasión desenfrenada. Con diversas variantes muchas de ellas nos refieren que cuando Hércules atravesaba las tierras del sur de la Galia para enfrentarse al monstruo hispánico Gerión, fue acogido por el rey Bébrix, padre de la princesa Pirene. El héroe se emborrachó y, bajo los efectos del vino, sedujo a la chica con falsas promesas de matrimonio. Alcanzado su propósito, el muy granuja continuó su camino, dejando a la chica abandonada en el palacio de su padre. Meses más tarde, Pirene, después de dar a luz una serpiente, huyó horrorizada hacia el bosque, donde fue devorada por las fieras. Al volver de la expedición, el héroe encontró los restos de la infortunada princesa dispersos por el bosque. Arrepentido de mala acción, los recogió y, tras darles sepultura, levantó sobre la tumba un grandioso mausoleo de piedra, bautizando todas estas montañas con el nombre de Pirene.

Está claro que desde un punto de vista científico esto no tiene el más mínimo sentido pero son historias que gusta leer de vez en cuando.

Foto: A. Epelde/ZIKLO-TEAM
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