
El tiempo no perdona a nadie, y de eso, algunas de nuestras cimas saben mucho. Entrar en el olvido, es el peor de los destinos, y llega un momento en el que la gente te recuerda sólo por lo que fuiste, y no, por lo que podrías ser.
Intereses económicos mandan y recuperar «el esplendor» de otras épocas, es tarea muy complicada para carreteras que no son de tránsito.
Seguro, que todos tenemos algún puerto en mente que se ha convertido en un imposible por el estado de su carretera.Lugares que vivieron momentos de gloria pero…
Hay veces que nos obsesionamos en «crear»nuevas cimas y nos olvidamos de «cuidar» y mantener el valor de las que tenemos. La novedad, además vende, pero es triste ver el estado de muchos sitios sabiendo lo que fueron en su día. La esperanza es lo último que se pierde, y hay ocasiones que la oportunidad puede volver. Seguro que muchos sabremos disfrutarlo.
Como decía al principio, el olvido es el peor de los destinos. Triste, pero hay lugares para los que el recuerdo es lo único en lo que pueden confiar para sentirse vivos.


Ziklo 24. Tocaba escribir la editorial y me vino a la cabeza como hay veces que lo difícil se hace fácil: Estaba leyendo acerca del “10 years challenge”, ese simple reto de colgar en las redes fotografías nuestras actuales y de hace 10 años, que está arrasando. Un hecho que no tiene un objetivo claro, pero que sí encuentra argumentos en algunas de las razones por las que precisamente funcionan las redes sociales: interactúas, te entretienes y de paso te das un pequeño golpe de autoestima, ya que nuestra elección siempre nos lleva a fotos en las que, aunque se aprecia el paso del tiempo, se nos ve estupendamente. Todos los medios buscamos despertar el interés de la gente, es la eterna pelea por encontrar la receta mágica, y es curioso ver cómo una pequeña “tontería” puede acabar siendo una gran moda. Llega el “ya se me podía haber ocurrido a mí”.
No he caído en la tentación de buscar fotos, pero es cierto que esta moda me ha llevado a recordar cómo era el ciclismo hace unos 10 años. Veo lo que han cambiado las cosas, y pienso, ¿cuál sería mi foto? Pues va a ser única, sin dos versiones ni un antes y un después, con esas cosas que me gustaban hace 10 años y lo siguen haciendo ahora: la libertad de disfrutar de la bici, de las montañas, de las carreteras y de la gente.
Disfrutando de uno de esos días y lugaresen los que te alegras de haber elegido andar en bici. Foto: A. Epelde


Con el comienzo del año, todos los planes se ven un poco más cerca. Cerca lejos, cortos, largos…da igual, lo que vale es que haya planes. ¿Por qué?
Para argumentar razones, recurriré al tópico de ¿Por qué invertir en experiencias y no en cosas? y a mi querido Thomas Gilovich, psicólogo e investigador de la Universidad de Cornwell (Estados Unidos).
Gilovich y su equipo vieron que el mero hecho de pensar en pagar por experiencias, ya ofrecía mayores niveles de disfrute que hacerlo en adquirir cosas.
Además, les quedaba claro que comentar lo que hemos hecho nos aporta mucho mayor bienestar que hablar acerca de bienes materiales.
Recordar una experiencia es gratificante, produce felicidad y además nos ayuda a relacionarnos. Para un cicloturista, no hay muchas sensaciones comparables a la de coronar un puerto y cumplir un pequeño sueño.
Hace poco leí un informe que hablaba de razones por la que deberíamos de tratar de vivir experiencias.Hablaba de que nos ayudan a vivir intensamente el momento y eso ayuda a producir felicidad. Nos hacen aprender, a valernos por nosotros mismos, a generar autoestima. Nos abren la mente, haciéndonos más tolerantes y participativos.
Lo vivido tiene gran carga positiva y se puede exprimir felicidad en el pre, el momento y en el post.
Lo más importante es tener hobbies, sueños, inquietudes, porque las anécdotas vividas con amigos no se olvidan nunca
Foto: A. Epelde/Ziklo


Este verano hemos tenido oportunidad de vivir una experiencia diferente. Habíamos trabajado con gente de Colombia, pero hasta ahora nunca con un grupo entero. Era como si los “extraños” fuésemos nosotros: estábamos en casa, de anfitriones, pero éramos minoría, y esto hizo que desde el primer momento sintiéramos la necesidad de integrarnos al máximo y romper cualquier tipo de barrera.
Fueron casi 10 días recorriendo Pirineos, trabajando, pero cargados de esa inquietud que te motiva y que te lleva a escuchar, observar y preguntar para servir aprendiendo.
Llevamos ya cerca de 15 años organizando viajes ciclistas y en este tiempo hemos podido compartir carretera con gente de muchísimos países y con “perfiles ciclistas” de lo más dispar.
Dicen que la variedad enriquece y en este sentido, el cicloturismo es una mina de oro. Vengamos de donde vengamos, una vez nos sentamos en nuestra bicicleta, empezamos a pedalear y sentimos el roce del aire, solo existe un protagonista: la bici.
Compartiendo lo que nos une, las distancias se acortan, la cercanía crece, estamos cómodos, nos abrimos y acabamos sabiendo más cosas no sólo de los demás, sino también de nosotros mismos.
Colombia es el país de moda en el ciclismo y no hay competición de alto nivel en la que no estén varios de sus ciclistas entre los favoritos.
Viven y respiran ciclismo, y esa es una de las cosas que pudimos comprobar en nuestro día a día. Escuchándolos, quedaba patente la ilusión que transmite el entorno del ciclismo en su país. Tienen a los “actores” de moda y viven una bonanza que quiere durar mucho tiempo. Como casi siempre pasa cuando hay grandes figuras (y esto ocurre en todos los países), los efectos colaterales se disparan y uno de ellos es que el cicloturismo colombiano viva el mejor momento de su historia.
Foto: A. Epelde/Ziklo
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Es suficiente mirar hacia el interior para comprobar que la bici es capaz de moldear nuestra personalidad. Como en todo, con sus cosas buenas y con otras no tanto, pero estoy convencido de que nuestra manera de comportarnos en la bici y en la vida guardan mucha relación y de que cada uno tiene influencia en el otro.
Cada uno tenemos un conjunto de valores y muchos de ellos se han desarrollado gracias a la bici. A mí, me ha dado espíritu de lucha, tesón, no bajar los brazos, saber que para conseguir las cosas hay que esforzarse y que siempre hay un camino, aunque sea difícil verlo. Cada día supone un avance y en nuestra lucha diaria hay que aprender a darse respiros y disfrutar de lo conseguido.
También me ha enseñado que nada es para siempre, que todo evoluciona y no podemos acomodarnos. La vida, como nosotros, pasa, pero cada fase nos brinda un espacio para disfrutar. Los grandes logros pueden llegar a ser pura utopía, incluso dudo que sean necesarios, siempre que sepamos valorar las pequeñas cosas. Soñar despiertos puede ser una buena terapia, siempre que no sea una amenaza y queramos hacerlo real.
Habría muchos detalles más que hacen que considere a la bici como una escuela de vida cargada de ilusión. A nosotros nos corresponde tratar de aprender con ella, porque creo firmemente que nos puede ayudar a ser mejores personas.
Foto: A. Epelde/Ziklo
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