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La más fácil de acabar, la más difícil de ganar

 

El titular no es nuestro, es de Imanol Erviti, y cuando le pedimos para una entrevista una frase que resumiera cada uno de los Monumentos, nos dijo esta respecto a la Milán-San Remo.

No puedo estar más de acuerdo. Es la más larga de las cinco, pues roza y a veces sobrepasa los 300 km. Es también la que menos complejidad tiene. Desnivel no, porque la París-Roubaix asciende aún menos metros que la Classicissima, sobrenombre con la que también se la conoce. Pero lo de Roubaix es harina de otro costal que luego comentaremos.

El trazado es lo más directo posible y la distancia de que consta la prueba es la distancia real que hay entre las localidades de inicio y final, sin complicaciones orográficas ni rodeos añadidos. Durante muchos años la única subida reseñable fue el passo Turchino, ascensión que hay que pasar necesariamente para luego bajar a la costa. Muy lejos de meta, a casi 150 km, era suficiente junto con la distancia para romper la carrera. A medida que las fuerzas de los ciclistas se fueron igualando y el ciclismo se fue profesionalizando, la organización se vio obligada a endurecer el recorrido en aras de hacer la prueba más selectiva. Es así como en 1960 se incluye el Poggio de San Remo muy cerca de meta. En 1982 se incluyó también la Cipressa, algo más larga y dura que el Poggio, pero situada a mayor distancia. Forzados por el exceso de llegadas masivas de principios del siglo XXI, la organización incluyó en 2008 la cota de Le Manie, mucho más dura que Cipressa y Poggio pero muy lejos de meta, a casi 100 km del final. Dicha cota estuvo presente durante varios años, pero en 2014 la organización la eliminó porque no tenía relevancia en la prueba.

A día de hoy, la carrera resulta bastante previsible hasta sus 25 km finales, incluso lo lógico es que un pelotón muy numeroso se presente agrupado al inicio del Poggio a menos de 10 km de meta. Esta ascensión no llega a los 5 km y no alcanza el 5% de pendiente media. Su dificultad viene por la distancia acumulada (se afronta con 290 km en las piernas) y la altísima velocidad a la que se asciende. Durante muchos años corredores de distinta morfología eran capaces de seleccionar la carrera en esta corta ascensión final e inclinar la balanza a su favor, ya fueran clasicómanos o gente especialista en grandes vueltas. A partir de 1997 surgió un tercer grupo de especialistas que empezó a imponer su ley. Era gente de gran velocidad, sin ser sprinters puros, capaces de no ceder mucho tiempo en el Poggio y luego bajo la ayuda de equipos muy potentes enlazaban en esos escasos kilómetros que hay en la Vía Roma. En el sprint final imponían su punta de velocidad y se llevaban la prueba.

El máximo exponente de esta táctica fue el alemán Erik Zabel que encadenó 4 triunfos en 5 años entre 1997 y 2001. El relevo lo cogieron corredores de similares características como el español Oscar Freire, incluso sprinters puros como Cipollini, Petacchi y Cavendish consiguieron también anotarse este Monumento. Hoy en día las cosas han cambiado un poco. Han vuelto a surgir corredores capaces de hacer una pequeña selección en el Poggio y llegar a la Vía Roma con escasos segundos de diferencia que han podido mantener hasta cruzar la meta. Este hecho ha revitalizado la prueba, que suele ser anodina, vista desde fuera, hasta estos kilómetros finales. Los corredores que la disputan dicen que la tensión que se vive en la costa casi a 50 km de meta es increíble, y que va aumentando conforme se acercan a los puntos calientes hasta ser casi insoportable. Subir el Poggio a día de hoy es una auténtica locura y un tremendo dolor de piernas. Los equipos de la gente rápida tratan de proteger a sus líderes, y otro tipo de corredores, sabedores de sus pocas opciones en una llegada masiva, intentan romper un pelotón que asciende esta cota final con el plato grande metido y a velocidades de vértigo que rondan los 40 km/h. Antaño se quitaba el plato grande, en la actualidad todos lo llevan metido. El descenso del Poggio es técnico y a veces la prueba se rompe bajando, como en la última edición (2021) sin ir más lejos.

Datos de la Classicissima:

La primera edición fue en el año 1907 ganada por el francés Lucien Petit-Breton, ganador del Tour de Francia ese año y el siguiente. Desde entonces únicamente se suspendió en los años 1916, 1944 y 1945 por las Guerras Mundiales. Lleva por tanto 114 ediciones disputadas hasta el año 2021. Los triunfos no están muy repartidos y solo 12 países pueden presumir de tener corredores que han triunfado en San Remo. La tabla es la siguiente:

 

MILAN SAN REMO

ITALIA

51

BELGICA

22

FRANCIA

14

ALEMANIA

7

ESPAÑA

5

PAISES BAJOS

4

IRLANDA

2

SUIZA

2

AUSTRALIA

2

REINO UNIDO

2

NORUEGA

1

POLONIA

1

ESLOVENIA                     1       

TOTAL:     114 ediciones

Por países la victoria italiana es aplastante, con 51 triunfos. Bélgica y Francia le siguen con números respetables de triunfos con muchos y diferentes corredores. Alemania tiene 7, pero no olvidemos que 4 de ellos corresponden a Zabel. Sorprende las 3 victorias de los Países Bajos. Un poco escaso teniendo en cuenta que son el 4º país en el global de Monumentos a lo largo de su historia.

Por corredores:

MERCKX

7

GIRARDENGO

6

BARTALI

4

ZABEL

4

DE VLAEMINCK

3

COPPI

3

FREIRE

3

El dominador absoluto de la prueba es Merckx con 7 triunfos conquistados entre los años 1966 y 1976. El astro belga es seguido muy de cerca por el italiano Constante Girardengo que entre los años 1917 y 1928 ganó la Classicissima en 6 ocasiones, fue segundo en 3 ediciones y tercero en otras 2: 11 podiums en total que suponen todo un récord. Téngase en cuenta que también resultó ganador en la edición de 1915, pero fue descalificado por equivocar parte del recorrido (apenas unos cientos de metros) y pese a dejar al segundo clasificado a más de 5 minutos de diferencia. Una decisión cuanto menos discutible.