Día: 4 enero, 2022

 

Por fin

 

Una vez leí que viajes hay tres: el que preparas, el que haces, y el que recuerdas. Desde luego he hecho mía esta reflexión y la he compartido y sentido así cuando he viajado. Resulta que, de un modo parecido, sucede con algunos puertos especiales, míticos, altos, duros, famosos o que, por lo que sea, tienen algo que los distingue del resto: está el que has imaginado, el que has pedaleado, y el que recuerdas con perspectiva al final de la aventura. Desde luego, el Mont Ventoux, es uno de esos puertos especiales que se vive de las tres maneras, si no alguna más incluso.

Mi primer Ventoux es el que he soñado e imaginado en mis pensamientos alguna vez. Solo con decir su nombre me vienen a la cabeza imágenes ”lunares”, laderas de piedras grisáceas y una antena rojiblanca como si fuera Tintín en una de sus aventuras llegando a la luna. ¡Cuántas veces habré pensado en subir ese puerto, levantar la cabeza y verme por esa ladera de paisaje espacial escalando hacia el cielo! Muchas me rondó por la cabeza, pero parece que pilla a desmano, ni en Pirineos, ni en Alpes, pero siempre pensando en cómo llegar a Bédoin y poder lanzarme a su conquista, deseando que alguna vez encaje en mis planes para emular así a los grandes ciclistas que lo subieron. Es un puerto en el que ha habido de todo: historias del Tour, trágicas como la de Tom Simpson, casi cómicas como la de Froome corriendo o heroicas como la reciente de Van Aert; e historias de cicloturismo, por nombrarlas de algún modo, “románticas” como la de Kraemer. En fin, que casi he deseado verme con ese famoso viento en contra que le da nombre, coronándolo. Bueno, mejor sin viento.

Mi segundo Ventoux es el que finalmente he hecho hace pocos días, parte del stage de ZIKLO, en la segunda parte de la primera etapa. Pero eran tantas mis ganas que decidí que al llegar a Bédoin, me separaría del grupo y me iría directo para arriba, por su vertiente más conocida, y más dura, para poder disfrutarlo con calma. Mi amigo David decidió que haría lo mismo, así que al llegar a Bédoin nos fuimos los dos a disfrutar de “nuestro” Ventoux. Empezamos suave, en paralelo, charlando. Primero alcanzamos a una pareja holandesa, ataviados con su conocido color naranja, que también acababan de empezar a subirlo. Pero en cuanto la pendiente aumentó el chico apretó y se fue para arriba solo. Ella iba más despacio y la pasamos saludándola -algo curioso porque allí nadie saludaba- y nos miró sorprendida, aunque sonrió y devolvió el saludo. A medida que avanzábamos seguimos viendo gente de todo tipo, que nos confirmaba lo especial que es este puerto: había muchas bicis eléctricas, algunos con MTB (que parecían caracoles), otros iban con la familia en coches que les apoyaban y paraban continuamente para hacerles fotos. Entre charla y charla (David hablaba más, pues a mí me costaba respirar) seguimos subiendo por el bosque hasta llegar a los sitios míticos, el primero de los cuales es el Chalet Reynard. Y ahí un momento de triple felicidad: a partir de ese cruce suaviza la pendiente, pasamos de la tierra a la luna, y… ¡hoy no hay viento!

Paramos a hacerle los honores y vemos a un padre con su hijo ¡de no más de diez años! subiendo por la vertiente de Sault, que se junta aquí con la de Bédoin. Al pasar a nuestro lado les animamos y, cuando nos devuelven el saludo, volvemos a sentir que sin duda es muy especial el Ventoux y la emoción que mostramos todos al subirlo.

En este punto comienza la magia: la carretera por las laderas lunares. Nos ponemos ambos en paralelo y nos vamos haciendo fotos de recuerdo con este paisaje y la antena al fondo, emocionándonos cada vez más al acercarnos a la cima. Poco a poco llegamos al monumento a Tom Simpson, lleno de bidones que ha dejado la gente y muchas cosas más, donde por supuesto nos detenemos a hacer nuestro particular homenaje. Entonces es cuando pienso para mí: “¿Cómo hago yo luego para meter la cala en esta pendiente?”. Cuando se lo comento a David, esboza una sonrisa que quiere decir “sabes que cuentas conmigo”. ¡Grande, amigo! Con una mirada ha disipado mis temores y pienso: “Con compañeros así todo es más fácil. ¡Qué afortunado soy de ir con él!”. Al arrancar, con una mano lleva su bici y con la otra me empuja para que no me caiga… y tiramos para arriba. A apenas  100 m, repetimos parada y arranque en el monolito de homenaje a Kraemer, mucho más modesto, de difícil acceso, con muchas menos cosas y en el que no se detiene casi nadie, pero que a mí me emociona más que el otro. Este es el de un romántico del ciclismo, de un aficionado, con el cual me siento más identificado: nuestra meta es solo llegar, tan simple y tan difícil. No importa la velocidad, no importa el tiempo empleado: nuestro premio es la sonrisa que se nos pone arriba y cómo recordaremos siempre cada logro que conseguimos, sean puertos, brevets, rutas cortas o viajes.

Una vez coronado nos encontramos con más de 30 ciclistas, todos queriendo hacerse la foto en el cartel. No voy a decir nada de la francesa que se cabreó porque le parecía que nos íbamos a colar para hacernos la foto. Así que primero se fotografió su cabreo, y después nuestra enorme satisfacción.

Como teníamos tiempo, y la fuerza, emoción e ilusión suficientes, decidimos bajar parte del Ventoux por el otro lado hasta el Chalet Liotard y volver a subirlo por esa vertiente, al menos la zona lunar: de este modo alargamos, e incluso repetimos, muchas de nuestras emociones, y algunas nuevas, sintiendo que se acababa un recorrido tan especial. Antes de terminar la segunda subida ya sentí la añoranza de no saber cuándo voy a volver. Pero al llegar, otra gran sonrisa: ¡conquistadas las dos lunas del Ventoux!

Mi tercer Ventoux, el que recuerdo, comienza nada más coronar, cuando nos sentamos en la terraza que hay arriba a tomar un café y empezamos los dos a comentar la subida: cómo nos ha gustado la parte dura del bosque, toda la gente diferente que había, la suerte de que no hiciese el famoso viento en contra, la emoción al vernos en la zona lunar con la famosa torre al fondo, y en la rampa final, en lo bien que nos hemos sentido y en cómo nos alegramos de haberlo hecho juntos y con las piernas frescas y sin castigo previo. Los recuerdos aún siguen después de seis días de Alpes y muchos otros puertos y anécdotas. La magia del Mont Ventoux perdurará en mi memoria y ya estoy deseando volver, repetir vertiente, hacer otra nueva, y seguir compartiendo la emoción que veía en todas las caras de todos los ciclistas al llegar a la cima. Y aún ahora, escribiendo todo esto, me vuelve la ilusión. ¡Volveré!

Por Óscar de la Cruz García (Madrid)

Fotos: Andoni Epelde

Altigrafía: APM

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