Acabamos de asistir al Tour más rápido de la historia. Los números no engañan, el ganador del Tour de Francia de 2025, el esloveno Tadej Pogacar, ha hecho el recorrido a una media de 42,85 km/h, superando el anterior registro de 42,10 km/h que databa de 2022.
No es algo casual, lo datos así lo avalan, cada vez se va más rápido. Hasta el punto que la UCI ya ha dejado deslizar que se está planteando limitar los desarrollos. El plato de 54 o 55 dientes ya va de serie. Los cassettes de 12 velocidades permiten coronas de serie de más de 30 dientes, algo impensable no hace tantos años. La revolución tecnológica ha llegado a las bicicletas de tal manera que se podría decir que se ha avanzado más en los últimos 4 años que en los 20 anteriores; ruedas, manillares, manetas, aerodinámica, por supuesto cuadros … A la mejora física del corredor medio que afronta el Tour mejor preparado, mejor entrenado, mejor alimentado, se le ha sumado un avance espectacular en la bicicleta de competición que permite que se alcancen velocidades medias en carrera superiores a los 50 km/h en terrenos llanos e incluso quebrados. Es tal la evidencia de esta afirmación, que Pogacar o Vingegaard, primer y segundo en la prueba, han corrido la prueba íntegra con sus bicicletas AERO. La mejora de peso en la bicicleta AERO de Pogacar, la COLNAGO Y1RS, ha sido tan importante, que incluso en la cronoescalada del Peyragudes optó por esta bicicleta aligerando el peso lo más posible, prescindiendo de la cinta de manillar y la pintura. Empleó dicha bicicleta en todo el Tour. Luego el dato con el que debemos quedarnos es que al poner en la balanza los beneficios de la bicicleta rápida, estos superaban a la escaladora incluso para las etapas de alta montaña.
No pretendemos en este espacio profundizar más en este tema. Sí recomendamos vídeos en las redes como los de GNC, donde explican en profundidad y con conocimiento todos estos aspectos que estamos comentando de un modo superficial. Dónde sí vamos a incidir en este artículo es en algunos datos históricos de los últimos 36 Tours de Francia y la tendencia que en ellos observamos. A la información le vendrá luego la opinión y concluiremos con aspectos que nos han llamado la atención ya de un modo subjetivo.
Información
Lo hemos comentado en la introducción. La tendencia es clara, la media de los Tours de Francia hace tiempo que superó los 41 km/h. Y a esos 41 km que se consiguieron en el año 2017, le vino la barrera de los 42 km/h superada en las ediciones de 2022 y 2025. ¿Los motivos? Es evidente que el ciclista medio que corre el Tour es mucho más atleta que el ciclista medio que lo hacía en décadas pasadas. Es evidente también que el material que se emplea también lo es. Mejores máquinas, mejores atletas, llevan al resultado lógico y aplastante de etapas más rápidas y medias más altas. Pero también hay datos en los que conviene que nos detengamos un poco y los comentemos.
Se ha reducido de un modo significativo la distancia. Para poder sostener esta afirmación con datos nos hemos ido a principios de los años 90. Irnos más atrás desvirtuaría completamente el análisis. En la década de los 80 había Tours que podían tener 26 etapas como el de 1987 (25 etapas + prólogo), el de 1981 (24 etapas + prólogo) o el de 1984 (23 etapas + prólogo). Por aquel entonces no había un estándar que sí que es común a partir de los 90 y donde se alternan Tours a lo sumo de (21 etapas + prólogo) o (20 etapas + prólogo). A día de hoy todo eso es impensable. Los Tours tienen 21 etapas y el organizador decidirá si comienza con un prólogo o no, que ya cuenta como etapa. Habrá también dos jornadas de descanso. Puede llegar a haber tres jornadas de reposo si la salida es muy lejos y por tanto el primer lunes se destina a traslado. Esto no se ha dado en el Tour, pero sí en otras Grandes Vueltas como el Giro. ¿Qué nos arrojan los datos?
Los Tours de principios de los 90 se acercaban más a los 4000 km de recorrido que a los 3500 km. La media del 90-94 son 3819 km y la medida del 95-99 es de 3788 km. Paulatinamente se han ido reduciendo los km globales. A la larga esto se nota. Los dos últimos lustros la media es inferior a los 3500 km. Del 2015 al 2019 es 3444 km y de 2020 a 2024 son sólo 3430 km.
El Tour de 2025 ha tenido 3320 km, el segundo más corto de los últimos 36 Tours analizados, sólo por debajo de los 3273 km de la edición de 2002.
Es decir, si vamos más rápido y hacemos menos km, estaremos muchas menos horas en el sillín. ¡Evidente!
Indurain en los Tours de 1991, 1992 y 1994 estuvo más de 100 horas montando en el sillín. Ullrich en 1997 también sobrepasó esa cifra y ojo, las medias de estos Tours no fueron bajas (38-39 km/h). Pogacar en 2025 ha estado 76 horas, es decir 24 horas menos de competición, todo un día completo. Esto también invita a ir más rápido. Hay menos horas de carrera, más descanso. Cuando se suben a las bicicletas hacen menos de 4 horas de media para cubrir las etapas. Son esfuerzos más cortos, pero más intensos. El fondo ya no es tan importante, lo importante es poder ir muy rápido el tiempo que dure la etapa. Eso también ha cambiado en la forma de alimentarse. Antes era habitual avituallamientos a mitad de etapa sólidos: pasteles, bollos, … Ahora buscan alimentos más fáciles de digerir y que les aporten las energías que tienen calculadas y previstas gastar. Es matemáticas. A esta velocidad y vatios gastas esto que repones con esto otro, y que el tanque esté casi siempre lleno para poder seguir corriendo la etapa “full gas” Esto también se entrena y no es raro ver a los profesionales con bolsas en sus manillares en sus entrenamientos cual cicloturistas, llenas de geles para acostumbrar al cuerpo lo que luego tendrá que hacer en la competición.
Centrándonos en el Tour 2025 que acabamos de ver, los resultados saltan a la vista. Ha sido un Tour muy duro porque se ha ido muy rápido. Algunos hablan de tercera semana descafeinada, luego abordaremos ese asunto en el apartado de opinión.
Los datos no dejan dudas de que además de la velocidad, la carrera ha sido dura. Únicamente 12 corredores han finalizado la prueba en menos de 1 hora de tiempo respecto al ganador. Es un dato sorprendente, el más bajo de los 36 años analizados. La media desde el año 1990 es de 26, o lo que es lo mismo. 26 corredores finalizan en menos de 1 hora respecto al ganador. El dato de 12 es muy bajo y demuestra dónde está el ganador y dónde sus compañeros y rivales dentro de un pelotón más profesional y mejor preparado que nunca. El dato más cercano de lo analizado son los 15 corredores que terminaron en menos de una hora en 1997 (ganador Ullrich) o los 16 de los años 2015 (ganador Froome) y 2020 (ganador Pogacar).
Las diferencias respecto al pódium (3º clasificado) también han sido muy altas. Lipowitz se quedó a 11 minutos de Pogacar. La media desde 1990 es que el tercer puesto del cajón es de 6 minutos respecto al ganador. El récord de este periodo se lo lleva el Tour de 1997 donde Pantani hizo 3º a 14 minutos de Ullrich. Los Tours en este período donde el tercero se queda a más de 10 minutos, además de los dos comentados son los de 1992 (Bugno con respecto a Indurain), 1999 (Escartín con respecto a Armstrong), 2000 (Beloki con respecto a Armstrong) y 2023 (Yates con respecto a Vingegaard).
Otro dato para poner en valor este Tour es el tiempo cedido por el 10º clasificado. En el 2025 el 10º clasificado se fue a casi 33 minutos. La media de los Tours analizados desde 1990 es de casi 19 minutos. Luego la diferencia de nuevo es muy alta en esta edición. Tours similares de nuevo el de 1997 que fue otra carnicería, con el 10º a casi 33 minutos, o los 30 minutos que cedió el top –10 en 2024. Pero el récord de este período corresponde al 2022 de Vingegaard con casi 36 minutos. Es un dato revelador. Los Tours de este último lustro (2020 en adelante) son más cortos, pero las diferencias están siendo muy grandes, y eso es un fiel reflejo de cómo se está corriendo y disputando la prueba.
Para finalizar con los datos y antes de entrar en la opinión, hay una etapa que muestra bien a las claras lo que era disputar estas etapas hace 40 años y lo que es hacerlo ahora. La 14ª etapa entre Pau y Superbagnères de 183 km del Tour 2025, es casi idéntica a los 186 km de la 13ª etapa entre Pau y Superbagnères del Tour de 1986.
Casi el mismo kilometraje, mismos cuatro puertos (Tourmalet-Aspin-Peyresourde-Superbagnères), 39 años de diferencia y dos velocidades distintas.
El ganador de 2025, Arensman empleó un tiempo de 4h53’35”, o lo que es lo mismo, 1 hora y 13 minutos menos que el ganador de 1986 Lemond (6h06’37”). Pero es que los últimos clasificados de la etapa de este año, el sprinter Groenewegen y el suizo Schmid hicieron 43 minutos más que Arensman o lo que es lo mismo, 30 minutos menos que Lemond. El último clasificado de la etapa de 1986, el belga Verschuere se fue a 6h44’ (a 38 minutos de Lemond). ¿Significa esto que Groenewegen subía los puertos más rápido que Lemond? ¡No!
Pogacar subió los últimos 12,1 km de Superbagnères en 32’33”, Lemond la misma distancia la cubrió en 38’46”. Evidentemente los últimos clasificados de la etapa disputada en 2025 no subieron más rápido que Lemond, luego las diferencias abismales entre una etapa y otra se dan en el terreno previo a los puertos, en el llano, y esto justifica el empleo de bicicletas cada vez más aerodinámicas a las que se les consigue reducir el peso al mínimo para convertirlas también en escaladoras.
Opinión
Terminado el Tour la opinión bastante generalizada de medios especializados es la de que hemos visto una carrera que ha ido perdiendo intensidad según han pasado las jornadas. Llegar a leer a periodistas hablar de “Tour descafeinado”, aunque sólo sea en su última semana, hace que tenga que restregarme los ojos para ver si he leído bien. La pregunta que debemos hacernos es si una carrera para ser buena debe ser emocionante en su resultado. Hay opiniones que así lo entienden, pero en mi caso huyo de esos condicionantes. Una carrera es buena si se ha competido, si se ha corrido a ganarla, si ha deparado espectáculo, si los mejores han arriesgado y se han expuesto. El que luego esto depare emoción podrá mejorar la sensación o impresión final, pero no es la emoción la que determina la calidad de una carrera.
Por ir con datos. El Tour más emocionante que he vivido en los últimos 36 años es el de 2020. Todos daban por hecho la victoria de Roglic, y un debutante y por aquel entonces semidesconocido Pogacar, dio un vuelco terrible a la clasificación general en la crono del penúltimo día a la Planche de les Belles Filles. Me recordó al Tour de 1989 donde en las calles de París Lemond arrebató el Tour en la última etapa a Fignon por 8 segundos, la diferencia más corta en la historia de la prueba francesa. En 2020 Pogacar remontó contra todo pronóstico una desventaja de 57 segundos para ganar el Tour por casi un minuto de margen. Nadie contaba con ello, ni en el equipo del esloveno. La emoción del final según pasaban los kilómetros y veíamos a uno volar y al otro hundirse, fue fantástica. ¿Pero significa eso que el Tour 2020 en su conjunto fue un buen Tour? No, no lo fue. Fue un Tour con un recorrido muy duro. Hubo muchas llegadas en alto, etapas duras y puertos exigentes que se dilucidaron en el sprint final tras el tren del equipo del líder (en aquel Tour el Jumbo-Visma). Luego la emoción no trae aparejada una buena carrera. En el Tour de 2017 Froome llegó a la crono final con menos de un minuto de ventaja sobre Urán en una apretada general en sus primeros puestos. Fue un Tour pésimo, donde Urán que hizo segundo, no lanzó un solo ataque en toda la prueba. El único que se movió un poco, Porte, se fue a casa tras una caída bajando el Mont du Chat. Y como este ejemplo podríamos hablar del aburrimiento general de los Tours de 2016, 2018 o 2019, donde los trenes del equipo Sky o Ineos, cuando cambió de patrocinador, intimidaban a los rivales y nadie se atrevía a mover lo más mínimo el árbol. O qué decir del Tour de 2012, donde el único rival de Wiggins capaz de sacarle de punto era su compañero de equipo Froome y tenía que marcarle el paso en los puertos.
El Tour 2025 ha tenido su emoción hasta que como ocurre en esta carrera, el mejor, en dos zarpazos letales puso la carrera en su sitio y a su favor. Así lo hicieron grandes dominadores de esta prueba como Indurain o Armstrong en su día, y Froome cuando tuvo fuerzas y diferencial para ser agresivo (2013 y 2015). La pregunta qué debemos hacernos es que han hecho sus rivales antes la superioridad mostrada por el esloveno en las dos primeras semanas de carrera, que por cierto fueron impresionantes. ¿Se rindió Vingegaard? ¿Bajó los brazos? ¡No!
Apretó a Pogacar, ayudado por todo su equipo, y pulverizaron un récord nada fácil de batir como el del Mont Ventoux; ¿qué más puedes pedir? ¿No lo intentó con todas sus fuerzas?, ¿no hizo la subida más rápida de la historia al gigante de la Provenza? No pudo soltar a Pogacar, pero lo forzó y lo llevó al límite. En la etapa reina del Tour y de los Alpes, una etapa de dureza extrema y que hace años que no veía en el Tour o en otra Gran Vuelta, el danés destrozó la prueba en el penúltimo puerto, lejísimos de meta y pensando en ganar la carrera si tenía éxito. Consiguió por momentos quedarse mano a mano con Pogacar. Lo dio todo, atacó para ganar, pero se encontró con un rival tan fuerte como él. No le puedo pedir más. Sí que es cierto que en La Plagne ya se dio por vencido. Pero era la 19ª etapa y no tenía más gasolina en el tanque.
Con los datos que acabamos de exponer encima de la mesa en el análisis, la conclusión a la que llego es que ha sido una carrera durísima. No matan las balas, mata la velocidad. Correr a casi 43 km/h de media convierte la carrera en una lucha constante y un sálvese el que pueda. Hay muchos corredores, buenos ciclistas, que no hemos visto en toda la prueba. Ni siquiera han podido intentar meterse en fugas, se han limitado a terminar las etapas y no por falta de ganas, es que no podían estar más adelante. Siempre eran los mismos los que buscaban las fugas, fueran estas exitosas o acabaran siendo engullidas por un pelotón que pocas concesiones ha dado en esta edición.
La primera parte de la prueba se ha corrido como si de una clásica se tratara. El organizador, como comentamos en el número 52 de ZIKLO tras su presentación, buscaba etapas con alicientes, huyendo de puertos de paso importantes, que marcaran la prueba en la primera semana. Para no repetir una sucesión de llegadas al sprint, buscó muros cortos, pero con pendientes importantes, algo novedoso en el Tour donde normalmente las cotas previas a meta en la primera semana eran más cómodas y suaves.
El resultado diría que fue mejor de lo esperado. Las cotas querían implicar a los que luchaban por hacer una buena clasificación general, y esto se consiguió de sobra. Ya el primer día de prueba y pese a que la llegada era para sprinters, Visma reventó la carrera a pocos km de meta provocando un corte y haciendo una llegada para un grupo reducido. Fue la tónica de la primera parte de la prueba: Vingegaard atacaba con el equipo, Pogacar lo hacía más en solitario. ¿El resultado? La carrera saltaba por los aires en cuanto sus dos grandes outsiders movían ficha. No se hacían grandes diferencias, el organizador buscaba eso, pero sí había espectáculo y movimientos. La lista de ganadores de estos primeros 11 días de competición es la que sólo el Tour de Francia puede ofrecer – el más alto nivel. El desgaste fue terrible, la tensión palpable y el interés enorme. La etapa 10ª de media montaña con final en Mont Dore-Puy de Sancy es una joya de principio a fin. Pero es que la siguiente con llegada a Toulouse, donde tradicionalmente se disputaba un sprint, nos deparó una locura absoluta y una velocidad casi imposible de igualar (dos primeras horas a 52 km/h de media), y un final con cotas muy bien elegidas por su longitud, dureza y ubicación en la etapa. Son un fiel reflejo de lo que fue la primera parte del Tour: velocidad, tensión e implicación de los mejores.
Con ese previo llegamos al primer punto alto álgido de la prueba: el primer bloque montañoso, en este caso en los Pirineos. El Tour en los últimos años ha jugado un poco con la alta montaña, intercalando puertos como Tourmalet o Galibier en la primera semana de carrera. Algo que este año han sustituido por cotas. Tiene sus riesgos para una carrera afrontar la alta montaña demasiado pronto. Además, cuando este tipo de etapas están tan claramente definidas como en esta edición, el corredor no se dispersa. Sabe que ha llegado el momento y trata de aprovechar estas etapas.
En esta edición todo salió perfecto. La alta montaña llegó en su momento justo. Se había hecho esperar y se cogió con ganas. Lo que nos ofreció en Pirineos para mí fue antológico. Quizás esperaba más de la etapa de Superbagnères y algo menos de la primera en Hautacam. Pero Pogacar aplicó una máxima del ciclismo. Aprovecha tu momento para sentenciar una carrera. No se lo pensó dos veces y a 12 km para el final en Hautacam lanzó un ataque demoledor, desde abajo, a hacer verdaderas diferencias. Vingegaard salió a por él y durante varios km mantuvo el pulso con el esloveno. Me recordó al Joux Plane en el Tour de Francia de 2023. Pero en esta ocasión la cuerda se rompió en favor del esloveno. El danés no fue capaz de cogerlo y lo pagó. Tanto que al final cedió más de dos minutos. Comentó después que había sido un día malo para él, de los peores de los últimos años. Sinceramente no lo creo, intentó seguir un ritmo que no era el suyo y explotó. Del mismo modo que en 2023 cuando cazó a Pogacar tras una agónica persecución en el puerto del Joux Plane, allí se acabó el Tour para el de UAE. Las puntillas vendrían en la crono de Combloux y en Loze, pero el Tour dejó claro el nivel de fuerzas aquel día en la meta de Morzine.
La crono del siguiente demostró algo que ya sabíamos, estos dos corredores estaban en otro nivel, muy por encima del resto. La tercera semana no bajó en intensidad, la lucha por las etapas fue encarnizada y Vingegaard lo probó, y además lo probó para ganar, no con ataques para la galería. Ante todo eso y como él mismo dijo en París: “ha habido un rival más fuerte y lo felicito”
Y hablando de París. La lluvia deslució la etapa final pero no el espectáculo. La organización, con buen criterio debido a la peligrosidad por la lluvia, tomó los tiempos en el primer paso por meta, antes del nuevo circuito y la subida adoquinada a Montmartre. Muchos se lo tomaron con calma y no arriesgaron, pero Pogacar demostró que es diferente a todo y a todos. Lucho por ganar y casi lo consigue. Sólo un renacido Van Aert lo impidió, pero Pogacar, vestido de amarillo, dio otro recital y convirtió una etapa tradicionalmente aburrida en otra carnicería y un espectáculo de una intensidad y emoción muy alto. Un colofón increíble para un Tour que en mi opinión y en su conjunto, ha estado a gran altura.
Por Rubén Berasategui
Fotos Archivos Tour





