EDITORIAL
SEGUIR TENIENDO ILUSIÓN
Después de tantos años, sigo teniendo ilusión por conocer lugares, por saber un poco más de cada sitio, por descubrir historias y, sobre todo, por compartir experiencias. Como casi siempre digo, mientras mantenga viva esa inquietud, seguiré encontrando razones para hacer lo que hago.
Porque en la vida, con ilusión, todo es un poco más fácil. Aunque también es cierto que hay momentos en los que todo puede resultar demasiado intenso. El trabajo, los viajes, los compromisos, las cosas que se van acumulando… A veces tengo la sensación de no tener tiempo para nada y de vivir metido en una dinámica de la que cuesta salir. Y a esto tenemos que sumarle que, si es importante pensar en uno mismo, igual o más importante es la gente que forma parte de nuestras vidas y no caer en eso de que, sin darte cuenta, «a quienes más quieres es a quienes menos tiempo dedicas».
Pero, de vez en cuando, llegan unos días de descanso, de desconexión. Y es curioso cómo la cabeza vuelve a cambiarlo todo. Empiezas a valorar cosas que quizás, durante el ritmo habitual, pasan desapercibidas. Es como un pequeño reseteo, una pausa que te ayuda a recuperar perspectiva y que, casi sin darte cuenta, te devuelve las ganas de seguir y te da nuevas pistas sobre cómo quieres hacer las cosas.
No es malo pensar en cambiar de ritmo, porque está claro que todo tiene fecha de caducidad y que, cuando lo que hago no equilibre al menos la balanza, lo dejaré. No sé si con tranquilidad o no, porque tampoco soy especialmente bueno para quedarme quieto, pero sí que cambiaría bastantes cosas y prioridades.
Vuelvo a hablar de los viajes, este número es un pequeño ejemplo, y es que viajar me ha enseñado muchas cosas, entre ellas, a valorar más lo que tengo, pero también a mirar de otra manera lo que encuentro cuando salgo de casa. Y si hay algo que cada vez tengo más claro es que, muchas veces, lo que más me llena no son las grandes cosas, sino los pequeños detalles.
Quizás sea esa una de las razones por las que me gusta buscar lugares menos conocidos. Sitios que no aparecen siempre en las primeras páginas, que no son los primeros nombres que vienen a la cabeza cuando hablamos de un destino, pero que, cuando los descubres, te sorprenden y te dejan algo. Lugares que quizás no necesitan grandes argumentos para gustarte y que simplemente te hacen sentir bien. Porque, muchas veces, lo que realmente merece la pena no es lo que todo el mundo conoce, sino aquello que descubres y que, por alguna razón, se queda contigo.
Creo que ZIKLO también es, en buena medida, un reflejo de estas inquietudes. No se trata de ser diferentes por serlo, ni de buscar cosas raras. Se trata simplemente de intentar aportar algo complementario, de enseñar otros caminos, otras miradas y otras experiencias. Porque lo más conocido, lo más global, lo básico, ya está hace mucho tiempo al alcance de todos. A nosotros nos sigue motivando encontrar y contar esas pequeñas historias que quizás no ocupan los grandes titulares, pero que tienen mucho que ofrecer.
Y así, llegamos al final de otro año. Llego cansado, para qué engañarnos. Como casi siempre, con el propósito de bajar un poco la intensidad de cara al siguiente. Todos los años me digo que esta vez sí, que voy a organizarme mejor, que voy a dejar más espacio para disfrutar y que no voy a dejar que el día a día me arrastre. A ver si esta vez consigo encontrar un poco más de calma.
Por cierto, y ahora que hablo de “después de tantos años”, tampoco me voy a esforzar en evitar que las editoriales sigan siendo reflexiones, casi siempre escritas de tirón. Espontáneas al cien por cien, con todo lo que eso supone. Se podrían pulir mucho, se podría decir lo mismo de diferentes maneras, pero el fondo no va a variar. Y quizás, precisamente por eso, prefiero que sigan siendo así.
Por Jon Beunza.
Foto: Andoni Epelde.