ATAQUE DE UGRUMOV A INDURAIN EN OROPA.

El "viejo" letón Ugrumov cumple hoy 57 años: el primer ciclista en demostrar que Indurain era humano y que nos mantuvo en vilo pegados a la pantalla de nuestros televisores. Esta historia va camino de cumplir 25 años.

Por Jordi Escrihuela

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La verdad es que nos tenía muy mal acostumbrados. Desde que inició su reinado con su primera victoria en el Tour del 91 nadie había sido capaz de dejarlo de rueda.

Estaba yo velando armas en un hotel de la Pobla de Lillet: sábado 12 de junio de 1993. Al día siguiente iba a participar en la bonita marcha de Les Rutes del Berguedà que organizaba nuestros Amics del Ciclisme de Lillet. Me estaba comiendo un buen plato de pasta, viendo la tele en el comedor del hotel, mientras disfrutaba de la penúltima etapa de un Giro de Italia que Indurain tenía virtualmente en el bolsillo. La carrera acababa en el alto del Santuario Mariano más importante de los Alpes: el de Oropa (s. IV), a 1200 m de altura con sus 10 km al 7% duros pero con algunos descansos.

Serían aproximadamente las cuatro de la tarde cuando casi se me atragantan los espaguetis. Me tuve que poner en pie e irme delante de la pantalla del televisor. No me lo podía creer. El pegajoso y veterano Pietr Ugrumov de 32 años, ex teniente del ejército de la extinta URSS y que el día anterior había hecho exprimirse al máximo a Miguel en la cronoescalada a Sestrière, colocándose segundo, había pegado un par de hachazos al hombre de la rosa, pero Indurey, en los dos intentos, pudo pegarse a su rueda, incluso enseñarle la suya para intentar intimidarlo. Pero Ugrumov lo tenía claro: estaba poniendo piernas a la cabeza de un Moreno Argentin, estratega como pocos, que lo había planificado todo muy bien, haciendo trabajar al equipo y dejando solos a los líderes.

Por delante seguía la fuga de cuatro escapados con Rondón, Madouas, Ghirotto y Giovanetti. Faltando 4 km el letón lo probó de nuevo y fue cuando saltaron todas las alarmas: Miguelón no aguantó un tercer ataque y Ugrumov se marchaba en solitario. Sabíamos que el navarro se podía fundir ante tanto demarraje y él también. Ayudado por Echávarri, que se saltó las normas de acercarse al corredor en los últimos kilómetros, lo que le costó una multa de 25 mil de las antiguas pesetas, puso la calculadora en marcha y empezó a descontar segundos: contaba con una renta de 1’34’’.

Tenía que ocurrir una auténtica debacle, una pájara terrible, para que perdiera el Giro, pero aquella tarde se nos indigestó la comida a todos los aficionados que veíamos incrédulos algo nunca visto: Indurain quedándose. Incluso era sobrepasado por Roche, Argentin y Tonkov. Pero él parecía tener controlada la situación y seguía a su ritmo, aunque los segundos se iban ampliando y descontando de la calculadora de Miguel. Sangre fría. El pánico se apoderaba de todos los que seguíamos en aquel momento la retransmisión en directo. Echávarri tranquilizaba a su pupilo: “cabeza, calma, esto ya está listo” –le decía.

Al final fueron solo 36 segundos de angustia. Indurain conservaba la maglia rosa por 58 segundos, pero que mal lo pasamos todos. Ghirotto ganaba la épica etapa y el letón llegaba a 1’52’’. Miguel a 2’28’’ del italiano y se hacía con un Giro que no había sido precisamente un camino de rosa. Lo recuerdo como si fuera ahora y va camino de hacer 25 años. Oropa había quedado en nuestras retinas como un mal recuerdo.

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