Mindfulness ciclista: buscando la paz interior

Por Jordi Escrihuela

Desconectar. Verbo que intentamos conjugar siempre que podemos durante el año, ya sea en vacaciones, paréntesis en forma de días de libre disposición o esperando el fin de semana para intentar olvidarnos por algunas horas del estrés diario, del trabajo, las prisas y los nervios, pero sobre todo para arrinconar el reloj, este maldito cómplice de viaje que marca implacable nuestro tiempo con ese tictac que nos acompaña incluso durante la noche para saltar de buena mañana con el despertador. Madrugar sí, pero para hacer lo que más nos gusta a nosotros: salir en bici.

La bicicleta. Nuestro deseo más abierto para desconectar, relajarnos -cada uno a su manera- y disfrutar de los lugares que visitamos, mientras en nuestro interior nos dedicamos algunos momentos a pensar sobre asuntos que encima de la bici "se ven" de otra forma y que hace que parezca que los problemas se esfumen. Son escapadas físicas al exterior, buscando la naturaleza, pero también son viajes hacia nuestro yo interno, que alimenten nuestro cuerpo físico pero del mismo modo nuestra alma. Eso lo sabemos muy bien, que al subirnos a la bici y empezar a pedalear, nos dejamos llevar por nuestros movimientos, más o menos automatizados, ya que son muchos años montando, pero es también cuando conectamos con nuestros pensamientos más profundos y, casi sin darnos cuenta, meditamos sobre nuestra propia vida. Para nosotros esta actividad es nuestro particular Zen, nuestra presencia plena, cuando junto a nuestra pequeña reina formamos un todo.

Cuántos días soñamos con esos deseos de aventura, de dejarlo todo atrás, de escapar, de renunciar no sólo del reloj, sino también, claro está, del teléfono móvil, del ordenador y nuestras redes sociales, tan enganchados como estamos hoy en día a la tecnología y al estar en permanente conexión, y es cuando gritamos... ¡basta! Y nos prometemos a nosotros mismos ese deseado estado de felicidad en el que ni abriremos correos electrónicos ni leeremos whatsapps, aislándonos del mundo, y sólo querremos acercarnos a nuestro lado más íntimo.

Cada vez son más las personas que se han apuntado a esta... ¿moda? Son los "desconectados", una nueva tribu urbana que está empezando a abandonar internet "para abrazar la vida real". De momento son vistos como rarezas, como marcianos hoy en día, individuos que renuncian a sus aisladas vidas virtuales para dedicarse a la realidad de sus existencias.

No se trata de mandar todo a paseo y convertirnos en místicos o ermitaños, aunque esta propuesta para algunos (o muchos) pueda ser muy apetecible -entre los que me incluyo- y retirarnos al campo o a la montaña para dedicarnos a cultivar nuestros propios alimentos, con los medios justos y necesarios, sea todo un deseo de ideal de vida, pero siempre con la bici como permanente compañera.

En esta propuesta, buscando evadirnos, no vamos a ser tan drásticos, tan sólo sonalgunos destinos entre muchos que podríamos haber elegido, para intentar esa desconexión y pasar unos días alternando completo relax con descanso activo, practicando nuestro deporte favorito, buscando la paz interior.

Cuántas veces en nuestras escapadas en bici, hemos llegado a sitios increíbles, bellos parajes naturales, rodeados de calma, y hemos pensado qué bueno sería para nuestra tranquilidad, sino quedarse a vivir allí, que también, sí pasar una buena temporada buscándonos a nosotros mismos, desintoxicándonos de nuestras ciudades, y meditando y reflexionando sobre el bien y el mal, lo divino y lo humano.

Para lograr esto hemos indagado lugares que reúnan todos estos requisitos que andamos escrutando, localizando otros tantos retiros espirituales en forma de templos budistas que además no están allí ubicados por casualidad y sí por causalidad, ya que se tratan de centros de gran atracción positiva en los que, para completo disfrute del alejamiento, no hay ni cobertura para el móvil ni wifi.

La situación de estos polos energéticos en lugares muy poco transitados hará de nuestra estancia una idílica y mística experiencia Zen a lomos de nuestra bici que será nuestro particular karma positivo, siguiendo el dharma (el camino marcado) para llegar al nirvana (nuestro perfecto destino escogido).

Namasté, amigos.