Nibali, el Tiburón que emergió del frío y del hielo

Por Jordi Escrihuela

Dibujo: Juan Manuel Escrihuela

Giro del 2013. Ni miró para atrás. Enrabietado, impuso su ley en la ascensión final a las míticas Tres Cimas de Lavaredo. Igual que lo hizo Merckx hace nada menos que 45 años. El mismo escenario. La misma meteorología. La nevada era cada vez más intensa. El frío también. Vincenzo intentaba entrar en calor soplándose en las manos. Frío intenso. Estábamos asistiendo a uno de los Giros más duros, climatológicamente hablando, de los últimos 25 años: lluvias y fuertes nevadas.

Nibali no iba a aceptar ni una crítica a su incontestable victoria en la Corsa Rosa, para nada, a pesar de ser una edición recortada por temporales de todo tipo (el mítico Galibier, una jornada entera suspendida, sin ascender los épicos Gavia y Stelvio), el siciliano tenía la victoria en los bolsillos del maillot, pero el Tiburón para saciar su sed necesitaba más, tenía que acallar voces. Y lo hizo de un solo golpe y con autoridad, como si no hubiera sido suficiente su demostración de fuerza ganando la cronoescalada a Polsa.

En las rampas del Lavaredo desató su ira y fue devorando con hambre voraz a escarabajos y canguros. Todos, resignados, sólo podían seguir a distancia la estela de su aleta rosa ascendiendo y perdiéndose entre el blanco manto de la montaña. Cada vez nevaba más intensamente. Una nueva etapa épica y otra vez de nuevo en el Giro. Finales de mayo. Sólo el rosa. El rosa en su maillot. Y nada más. Sólo lo obligatorio. No quiso salir vestido todo de rosa, como suelen hacer los campeones más coquetos, ni con el casco, ni con las gafas, todo de color de rosa que con tanto mimo le había preparado su equipo. No quiso. Se lo tenía que ganar en las Tres Cimas.

Y así fue. Nadie pudo seguirle y machacó el Giro a lo grande, su segunda gran vuelta, tras la ronda española del 2010. Por fin el Tiburón del Estrecho (de Messina) era profeta en su tierra, delante de los suyos, su familia, que tanto le habían apoyado desde que era un niño cuando con 8 años le compraron su primera bici, y sus amigos, esos que tanto ha tenido que dejar de lado para prepararse a conciencia para ganar este Giro, muchos días fuera de casa, stages en altura y muchas carreras. Nada más bajarse del podio sus palabras iban dirigidas a su familia: “Ho lavorato tanto per arrivare fin qui, ora è tempo di godersi il trionfo con la familia”. Y añadía: “Non ci credo, ho realizzato il sogno di una vita”. En efecto, ahora a disfrutar de la familia y de haber realizado el sueño de toda una vida.

El siciliano que partió con 17 años a la Toscana para hacerse ciclista, rebosaba felicidad y esbozaba una gran sonrisa con su gran trofeo: “la sua belleza equivale al peso, è davvero spettacolare”. Y ahora sí, todo vestido de rosa.