De profesión, ciclista

Por Jordi Escrihuela

Llueve otra vez. Nuestro hombre se asoma a la ventana de su habitación del hotel donde permanece concentrado desde hace una semana. Es lo que lleva peor: tantos días fuera de casa. Esto y que otro día más toca rodillo. Aburrimiento. Pero esto no puede seguir así, si mañana sigue haciendo mal tiempo tendrá que abrigarse y salir a entrenar. Con cara de circunstancias respira profundo y se tumba un momento de nuevo en la cama. Se toma el pulso, está tranquilo: 45 pulsaciones por minuto.

Nuestro deportista lo es de los pies a la cabeza, pasando por las piernas y su corazón. Se cuida. Es un ciclista completo. Es un líder. Sube, baja, llanea y va como un tiro contra el crono. A pesar de la inactividad se encuentra bien. Se toca las piernas y se da un ligero masaje. En sus venas están marcados miles de kilómetros realizados y en sus sufridos músculos quedan escritas las historias de cientos de carreras.

Después del entreno irá a charlar con su masajista, su amigo y a la vez confidente. Mientras le preparará las piernas seguramente echará una cabezadita, soñando con la victoria. Pero hoy llueve de nuevo y nuestro campeón se mueve inquieto de un lado para otro. Menea la cabeza, reniega. El agua no es buena aliada para él pero peor es no entrenar. Alguien dijo que la vida del ciclista es correr, comer y descansar. Nada más. Si falla algo de estas tres básicas actividades el deportista se tambalea.

La pasta, el arroz, los cereales o la fruta, y poca cosa más, no se queman si no se rueda. Si no se pedalea tampoco sienta bien el descanso. Si no hay cansancio la vida de nuestro héroe se reduce a comer poco y descansar menos. Está hecho así. Igual que sus compañeros, es de otra pasta, necesita caer rendido, comer bien y recuperar. Y al día siguiente vuelta de nuevo. Así un día tras otro. Pone la televisión un rato a ver si mientras deja de llover. Se sienta en el sillón y levanta un poco las piernas. Intenta estar tranquilo, pero este muchacho es duro consigo mismo.

Necesita sufrir. Él tiene esa capacidad. Y es constante. Es un fuera de serie. Y lo sabe. Es fuerte. Puede pasar de 45 pulsaciones en reposo a 195 de pleno esfuerzo. Dicen de él que es tan potente que genera energía para hacer funcionar un par de electrodomésticos a la vez. Él se ha hecho así mismo, con mucho trabajo. Ahora mira la tele pero no ve nada: está concentrado.

Está analizando la carrera del sábado. Se siente seguro, no se pone nervioso, pero necesita entrenar… sin darle a los rodillos. Está muy arriba en el ranking mundial pero él puede, y quiere, seguir sufriendo. Ama este deporte. Por un momento piensa en su bici: luego irá a hablar con su mecánico a ver si la tiene lista, limpia y engrasada. Hace unos estiramientos. Se coloca las zapatillas con mimo. Son casi nuevas y necesita usarlas. No es supersticioso, ni utiliza amuletos, pero de su cuello cuelga una medalla. Digo yo que será de oro.

Baja al aparcamiento del hotel y saluda a sus compañeros que están sudando dándole a los rodillos. Él se coloca el chubasquero, se monta en su bici y sale disparado bajo el aguacero. Llueve otra vez. Vida de ciclista.