Son mis amigos

Por Jordi Escrihuela

Acabamos de cenar. Pasta y filete, por supuesto. Hay nervios, a pesar de que algunos ya somos veteranos en esto. Optamos por tomarnos un menta poleo para calmarnos. No hay para menos. Mañana nos vamos a meter entre pecho y espalda una buena kilometrada con no sé cuántos puertos de primera.

Entre sorbo y sorbo, charlamos sobre lo que nos espera en la ruta de mañana, del tiempo que nos hará, de los desarrollos que llevamos. Hay un cierto miedo escénico. Algunos consejos a algún novato, que seguro luego tirará mucho más que nosotros.

Salimos del hotel donde nos alojamos, donde reservamos hace ya... ni nos acordamos. Lo hacemos para pasear y soltar piernas, con ese ritmo tranquilo y quizás un poco auto suficiente de saber que llegamos bien, que estamos preparados por haber acumulado tantos y tantos kilómetros de entreno junto a los que nos acompañan, muchas palizas, muchas batallas juntos.

Quizás los sueños son los que hacen levantarte de la cama, pero si te espera alguien, ese grupo, tu peña, es todavía mucho más fácil.

Seguimos deambulando por el pueblo. Esta vez hemos decidido que en la salida de mañana vamos a ir todos juntos, como hacíamos antes. Nos iremos reagrupando y si hay alguna avería o pinchazo todos nos vamos a parar. Las exhibiciones subiendo, los piques o los fuegos artificiales los vamos a dejar para el sábado que viene. Mañana va a haber una tregua y vamos a salir a saborear los kilómetros y no a devorarlos. Vamos a disfrutar.

Volvemos a las habitaciones a velar armas. Son grandes y somos unos cuantos los que las compartimos. Intentamos dormir. Difícil. Hay algunos que no aún no han parado de hablar. Otros que por enésima vez se levantan para echar la “última” meadilla, la del miedo. Y van unas cuantas. Otros se quejan del calor que hace. Algunos duermen ya a pierna suelta, pero roncan.

Son mis amigos y dando pedales pasábamos las horas. (¿De qué me sonará esta frase?).