ANNA GONZÁLEZ LÓPEZ, ímpetu sereno

Por Jordi Escrihuela

Hace un tiempo, un buen compañero de club como el escritor y periodista Josep María Cuenca, autor de varios libros de temática ciclista, nos narraba para el Boletín de nuestra sociedad -nada menos que hace más de 20 años-, la aparición de un mito como el del Marie Blanque, bajo el título de "un pequeño gran col".

En él, Josep María, nos explicaba con su exquisita prosa que entre los amantes del cicloturismo, y el ciclismo en general, hay palabras que sólo escucharlas desatan entre nosotros las pasiones más diversas. Sin ir más lejos, el nombre de algunos puertos de montaña como el Aubisque o el Tourmalet, el Alpe d'Huez, Izoard, Galibier o Stelvio, porque citar a estos mitos es decir mucho, porque la historia, la tradición, pesa toneladas.

Con toda la razón del mundo, nos decía que la épica y la mítica en nuestro deporte no son sectarias y que se enriquecen constantemente, de tal manera que la lista de cimas memorables y exaltadas nunca se cierra. Gracias a esto, de tanto en tanto, aparecen clásicos modernos. Así nos ponía como ejemplos que las tres grandes vueltas nos ofrecían casos evidentes. Lagos de Covadonga y Angliru en la Vuelta, el Mortirolo en el Giro y Luz Ardiden o el propio Marie Blanque en el Tour, son ascensiones que se han ganado con creces un lugar honorable en la historia del ciclismo. Y ya son tradición, aunque todas ellas hayan estado holladas por primera vez por los profesionales durante estos últimos treinta años.  O sea, en términos históricos, hace cinco minutos.

De entre todos estos clásicos recientes que están resonando con fuerza, hay un nombre que lo está haciendo con mucho ímpetu y que quedará para siempre en nuestra memoria histórica, para satisfacción del mundo del ciclismo. No es una montaña, ni tan sólo el nombre de un o una ciclista, pero tendrá el mismo tratamiento que un lugar mágico y sagrado, o igual que el que tienen los míticos esforzados de la ruta que forjaron su leyenda dejando sus huellas en los grandes puertos pirenaicos y alpinos.

Su trayectoria es corta, apenas un año, pero no obstante ha sido extremadamente difícil. Su nombre, Anna, invita más a pensar en una protagonista como pueda ser un hada buena de un cuento de niños, y sin embargo su andadura no ha sido un camino de rosas, más bien ha sido temible por todo a lo que se ha tenido que enfrentar.

Pues como os decía, hoy me he acordado de ese relato que os he comentado, porque en este día me apetecía mucho escribir algo sobre esta persona que es muy, muy, especial, para todos los que formamos este colectivo, esta pequeña gran familia. Ella se lo merece. Bueno, esto y mucho más, porque como siempre le digo, todo nos parece poco con tal de ayudarla e intentar darle esos precisos relevos en cabeza para que no se nos agote. Es nuestra guía. Nuestra referencia.

No nos engañemos, la ayudamos a ella, que es lo mismo que decir que nos ayudamos a nosotros mismos. Su lucha ha sido siempre la nuestra. Su esfuerzo, llegando al sobre-esfuerzo, con claros síntomas de cansancio a todos los niveles que una persona pueda soportar, no sólo el físico también el emocional, ha sido producido por el arrastre de llevar a rueda a todo un pelotón que en estos precisos momentos está a punto de llegar a las 200 mil unidades. Una larga y gran serpiente multicolor que está atravesando España, como si se tratara de una Gran Vuelta, de norte a sur y de este a oeste, todos y cada uno de los rincones de nuestra geografía y que tendrá su Meta en Madrid el próximo mes de marzo, con una contrarreloj final que será decisiva.

Como toda gran carrera, ha estado compuesta por muchas etapas, muchísimas, tal vez demasiadas en las que se ha alternado de todo. Ha habido recorridos llanos (pocos), etapas de dificultad media y luego, las que más, las grandes citas de alta, altísima, montaña, donde los problemas, los apuros, los conflictos y peligros, los trances y los bretes, llamadlos como queráis, han estado presentes en duras jornadas, días tras día.

Pero nuestra protagonista de hoy, enfundada con su maillot de líder, ha sabido sortear, no sin muchísimo trabajo y sudor, y hasta con lágrimas en los ojos, las emboscadas más exigentes, las embestidas y los ataques más brutales de sus rivales. Todos nosotros, sus gregarios, hemos intentado arroparla lo máximo posible, aunque después, acabada la agotadora marcha, cayera rendida en su cama, para al día siguiente, levantarse con más fuerza y más bríos a por otra maratoniana jornada.

Quizás aquellas noches, nuestra fiel guerrera, luchadora innata, tuviera el merecido descanso en forma de dulces palabras que la serenaran, bien a través de su teléfono o del whatsapp, quizás también en forma de cariñosos apoyos en facebook o twitter, tan conectada que ha tenido que estar todos estos meses para concienciar y sensibilizar, esos ánimos anónimos, o célebres, ese aliento que tanto necesitaba en aquellos momentos y que tanto agradecía, que hacían que se recuperara y aumentara su energía para afrontar etapas decisivas.

Por lo tanto, de aquí un tiempo, más cercano o lejano, más pronto que tarde, cuando alguien en este sufrido país levante la voz y recuerde que una persona, tristemente saliendo de su anonimato, fue capaz de cambiar las leyes para proteger a los más indefensos en una batalla desigual, y hable de ella para rendirle más que un homenaje, un monumento el que se merecería esta mujer que, igual que cuando oímos hablar de los grandes puertos, también sólo escuchar su nombre desatará entre nosotros las pasiones más diversas.

Así, cuando todo esto acabe, recordad su nombre: Anna González López.