¿Enamorados de vuestra bici?

50 SOMBRAS DE BIKE

Por Jordi Escrihuela

Siempre la he querido y lo sigo haciendo, aunque hace ya más de 25 años que nos conocemos. ¿Enamorado? Seguro, pero como todas las relaciones puede que la llama, la chispa, no mantenga la misma intensidad de los primeros años.

Durante aquellos meses en los que éramos jóvenes quizás la fogosidad se apoderaba de nosotros y nos dejábamos llevar, cometiendo auténticas locuras, impensables hoy en día. Sin control, sin protección, mi amiga y yo, nos escapábamos todos los fines de semana con el único propósito de disfrutar, compartiendo momentos inolvidables donde nos llevábamos al límite.

Mi corazón latía por ella sin mesura y con las pulsaciones desbocadas nos perdíamos sin rumbo en el horizonte buscando el clímax. No acabábamos hasta llegar al agotamiento y nos íbamos juntos, drogados por el esfuerzo.

Aquellos años pasaron muy rápido. La pasión seguía existiendo pero poco a poco fuimos poniendo orden y control a nuestras relaciones.

Empezamos a pensar con la cabeza. No podíamos seguir así y teníamos que planificar bien nuestras aventuras, no dejarnos embriagar por el placer hasta sufrir el dolor.

Así comenzamos a introducir juguetes para regular nuestro ritmo y no exigirnos sin piedad, marcando cadencias para que ninguno dominara sobre el otro. Iniciamos una nueva etapa de nuestras vidas y ella, tan ligera y frágil, seguía sintiendo mis manos pero nos dejábamos guiar con mucha confianza durante nuestras largas cabalgadas.

Así una y otra vez, ligados, esclavos el uno del otro, con las cadenas que te proporciona un amor para toda la vida, amos de nuestro destino para siempre.

Cada vez íbamos colocando más sofisticados medios para aprovechar al máximo nuestros encuentros. No nos conformábamos con la experiencia. Queríamos saber y aprender más. Así, juntos, nuestras rutinarias citas se iban convirtiendo en cada vez más excitantes prácticas donde ella a mí, o yo a ella, sabíamos darnos en cada momento lo que más no complacía y nos apetecía en ese momento.

Nos llegamos a conocer tanto que ya no podíamos vivir sin incluir aquellos juegos como parte vital de nuestros sentidos y sentimientos.

Ha sido siempre así, hasta hace tan sólo unos pocos meses, cuando este verano pasado volví a experimentar sensaciones olvidadas por mí en el tiempo: me enamoré de ella de nuevo, como si fuéramos jóvenes adolescentes.

Recuerdo aquel día radiante y caluroso y sabía que sobre ella sudaría de lo lindo. Me acabé de arreglar y ponerme guapo para ella. Ya estaba listo para su encuentro cuando al echar mano de aquel nuevo juguete que nos habíamos comprado pensé “¿para qué?”.

Lo dejé allí “olvidado”, encima de la mesita de noche, y bajé a su encuentro sin ningún tipo de medida preventiva, ni para ella ni para mí. Aquel día sólo quería disfrutar de su compañía, dejar que me llevara adónde ella quisiera, como hacía hace muchos años.

De hecho no nos hacía falta nadie más que ella y yo. Teníamos todo lo que queríamos a nuestro alcance. Íbamos a tocar el cielo juntos.

Me subí a ella sin ponerme nada. Ella me miraba como diciendo “ojo, que hoy es un día peligroso”. La verdad es que sí, la cita de aquel día prometía. Tendríamos unos prolegómenos dulces, suaves y cariñosos antes de volvernos locos juntos alcanzando el éxtasis.

Fue una experiencia alucinante. Sin control, sin ningún tipo de medio ni miramiento que nos coartara, aquel día disfrutamos en todo nuestro esplendor y nos fundimos en un solo cuerpo.

Nos sentíamos libres, sin ataduras, mientras mi pasión se encendía en cada curva que palpaba. Me sentía bien, como nunca, con fuego en mi cuerpo quemando el asfalto sin miedo al fracaso, soñando con nubes mientras el sudor inundaba cada centímetro de su fina piel. Fue un acoplamiento mágico justo en el momento en el que los dos llegamos a lo más alto.

Le pregunté a mi querida amiga si continuaba preparada para seguirme, si prefería subir una bajada o por el contrario ya se conformaba con bajar una subida. No se lo pensó dos veces y para allí nos fuimos, aún a riesgo de sufrir una bofetada por su parte por el chiste fácil, afrontamos como ángeles aquella subida que luego no había más remedio que bajar, eso sí, no sin antes tocar nuestro particular paraíso de algodón.

Nos gustó tanto la experiencia que días más tarde repetimos. De aquella aventura “a la francesa” íbamos a pasar a otra más excitante: nos íbamos a Navarra. Ya se lo avisé: “vamos a disfrutar, así que dejo todos los juguetes en casa”.

Allí nos plantamos. Estábamos en nuestro particular Teatro de los Sueños y seguíamos disfrutando, cuerpo a cuerpo, de nuestra naturalidad, desnudos ante la belleza. Llegábamos al éxtasis en cada clímax, pero tanto arriesgamos que lo acabamos pagando, cuando ya relajados, aún unidos el uno al otro, mientras nos dejábamos caer entre nuestros brazos, la vil anaconda gris nos pegó un buen revolcón y nos llevó al hospital.


Tuve que dejar de verla durante un tiempo, muy a mi pesar. Yo la añoraba y soñaba con ella, incluso mi familia me pidió que la dejara: no se había portado bien conmigo.

Ni loco quería oír hablar del tema. No había sido culpa suya. Me prohibieron incluso verla durante todo un año. Imposible. Mes y medio más tarde nos volvíamos a ver a escondidas. No podíamos vivir el uno sin el otro.

Las sensaciones eran buenas, pero había que poner de nuevo cordura para nunca más dejar a mi ahora amante secreta que, aunque peligrosa, me seducía más que ninguna.