EL PEPE ESE

Por Jordi Escrihuela

Foto: Sergi Ros de Mora

El otro día me lo volví a encontrar. Hacía al menos tres años que no lo veía, desde que dejé de salir con mi club de toda la vida por motivos que no vienen al caso. Sí, lo volví a ver, y como siempre también montado en su bici. Pocas veces lo había visto vestido con ropa de calle, en alguna cena del club o en alguna asamblea, por eso siempre lo recordaba con su maillot de lana con sus franjas horizontales en el pecho rojas y azules. Incluso lo recordaba con su gorra del club colocada estilo Ocaña, aunque esto fue al principio, cuando el uso del casco era poco habitual.


Y es que ya hace más de 25 años que lo conozco. Yo también salía con mi bici y nos alegramos mucho de vernos, porque quizás, al menos en mi caso, fue uno de los compañeros al que más llegué a apreciar. Fueron muchos miles de kilómetros los que compartimos juntos, muchas marchas uno al lado del otro recorriendo un país entero dando pedales, en una época en lo que importante era disfrutar juntos, todos los miembros del club, en las diferentes pruebas de cicloturismo puntuables para el circuito que organizaba la Federación.


Pepe, como se llama mi amigo, debe rondar ya los 60 años, aunque los lleva muy bien. Yo diría que no ha cambiado nada en estos últimos 20 años. Siempre lo veo igual. Él me introdujo en el club y me enseñó a ser “ciclista”: a arreglar un pinchazo rápido, a realizar buenos relevos,  a saber centrar una rueda ajustando los radios, a ser un buen compañero… Muchos y buenos consejos, pero no sólo a mí, sino también a todos los que empezamos en esto de la bici, siguiendo el rebufo de los demarrajes de Perico o el ritmo asfixiante de Indurain.


Él no, él era de mucho antes. Cuando lo conocí era ya todo un guerrero veterano de cuarenta tacos, un tío fuerte que andaba tanto para arriba como para abajo o en el llano. Cuando llegaba la montaña pocos podían seguirle, sólo los jóvenes fieras del grupo A, y bajando nadie tenía narices a seguirle. A veces intentaba colocarme detrás de él, en el descenso, pero sólo para disfrutar de su pedaleo, de su técnica, de su trazada en las curvas. Era todo un espectáculo. Y en el llano, parecía aún más fuerte. Era capaz de ponerse al frente del inmenso pelotón que salíamos de Barcelona y poner un ritmo alto y no pedir ni un sólo relevo en kilómetros y kilómetros, hasta que se enfadaba y mandaba a otros a tirar del carro.


Todo el mundo le respetaba, y aunque a veces mostraba un poco de mal humor recriminando la actitud, con razón, de algunos que campaban a su aire, también todos le apreciaban y querían. Sin embargo, a pesar de estar fuerte, él nunca iba con el grupo A, él era el capitán del B, el grupo más numeroso, el más difícil de controlar y el más variopinto, donde existían tantos niveles como ciclistas formaban el grupo. Pero él se sentía cómodo así, digamos con la clase media del club, el elitismo se lo dejaba a los del A, los que iban más rápido y más lejos, por eso él prefería disfrutar más de este grupo, contemplar el paisaje, charlar con los compañeros, aunque si había pique él era el primero en apuntarse. Lo pasábamos pipa jugando a ciclistas en las salidas ordinarias del club. Él decía que en el A siempre había batalla, en el B casi siempre y que el que no la quisiera se fuera al C.


Las marchas eran otra historia. Allí teníamos que ir siempre todos juntos, como club, todos bien equipados y dando la sensación de un gran Club. Así llegamos a ser hasta tres veces consecutivas ganadores de aquel circuito para satisfacción nuestra. Las cosas ahora han cambiado mucho, yo creo que no son como antes, salvo excepciones. Pienso que muchos ya vamos a nuestro rollo en las marchas, demasiado pendientes del reloj, pero hace más de 20 años era otra historia, parábamos a almorzar incluso en plena marcha. Algunas organizaciones nos invitaban a sentarnos cómodamente en algún restaurante. Todo un lujo. Eran unos años que disfrutamos muchísimo del cicloturismo, del compañerismo, de la montañas, de las carreteras, siempre capitaneados por Pepe que, perdonadme la expresión, era el “puto jefe”, el “puto amo”, del club.


Por todos era conocido que Pepe se sabía los recorridos a la perfección, se adelantaba en los cruces para avisar al grupo para que ningún compañero se desviara y se perdiera. Era capaz de subir y bajar de aquel gran pelotón que formábamos para ver si faltaba alguien o para avisar de que íbamos a cruzar un pueblo con cruces peligrosos, o con semáforos que, por supuesto, respetábamos todos o la bronca por parte de Pepe estaba asegurada. Yo siempre lo recordaré así.


Él fue el que me enseñó a ser solidario con los de atrás, a avisar de cualquier peligro, un bache, un obstáculo en la calzada, cualquier cosa que fuera una amenaza para el grupo. Siempre, con su mano derecha, nos indicaba el peligro y se giraba una y otra vez para comprobar que todo marchaba sobre ruedas. Se preocupaba siempre. A la salida, en el punto de reunión, siempre nos explicaba los pormenores de la excursión, los puntos conflictivos, los pueblos que visitaríamos, los puertos que ascenderíamos con sus porcentajes. Era, y es, un fenómeno. A la hora de almorzar nos volvía a recordar el camino de retorno, los puntos de reagrupamiento, las fuentes donde parar a rellenar bidones. Todas las excursiones las tenía controladas en una época en que el GPS ni existía ni falta que nos hacía. Pepe era nuestra estrella y nosotros sus satélites que girábamos en torno a él.

Disfrutábamos mucho y nos daba seguridad. Era un personaje que en aquellos años existía prácticamente en todos los clubes: era el Gran Capitán, el que lo organizaba todo.

Y después de tres años lo he vuelto a ver con su antigua bici. Coincidimos bastantes kilómetros juntos, los suficientes para recordar viejos tiempos, lo bien que lo pasábamos, cuando aún íbamos con rastrales y con las manetas de los cambios en el cuadro, con aquellos maillots que aún guardamos con cariño, tantas veces sudados y que tanta alegría nos habían proporcionado, pero que ahora podrían pasar perfectamente en una marcha vintage. Y como siempre Pepe, además de ir charlando, me iba explicando por dónde íbamos pasando, que si cogíamos tal cruce o tal otro iríamos a parar a tal sitio, que tuviera cuidado con un bache que había 50 m más adelante, o con el semáforo del pueblo, o con las obras que se estaban realizando de circunvalación a la entrada del próximo polígono, lo que iba a suponer una mejora para nosotros ya que nos dejarían la vía libre de automóviles. Un fenómeno este Pepe que sigue conociendo todas las carreteras de este país.


Después de tanto tiempo, allí volvía a estar a mi lado, pedaleando, como siempre, como si no hubieran pasado los años, y como siempre también sin llevar pulsómetro, ni cuenta-kilómetros, ni GPS, ni nada parecido y ni falta que le hacía. Cuando le pregunté qué cuando iba a entrar en el siglo XXI y se iba a comprar un aparato de éstos me contestó muy serio: “¿GPS? ¿Estás de broma? ¿Tú no sabes cómo me conocen ahora en el Club, no? Me conocen como el Pepe, el “Pepe ese”. Casi me caí de la risa.

Pepe, cuídate, un fuerte abrazo.