PEDALEAR en INVIERNO

Por Jordi Escrihuela

Dibujo: Juan Manuel Escrihuela

¿Frío yo? ¡Nunca!

¡Hoy salimos! Tercer sábado de enero, primer día de invierno riguroso. No se equivocaron los hombres del tiempo, no, y la anunciada ola de frío siberiana ha entrado por el norte del país puntualmente, tal y como habían pronosticado.

La bajada de temperaturas es brutal, vamos, que hace un frío que pela, un frío del carajo. Pero... ¿quién dijo miedo? La temporada cicloturista de mi club, con su calendario de salidas, acabó el último sábado de octubre, pero los meses de noviembre, diciembre, enero y febrero, hasta el primer fin de semana de marzo, se sigue saliendo igualmente, en el sitio habitual de encuentro, a las 8.30 horas en punto. Se espera cinco minutos de cortesía y... ¡a correr!

El objetivo suele ser buscar la zona de más "calor". Los recorridos se van alternando, aunque hay algunos que suelen ser ya “clásicos” durante estos meses. Salirse del guion no suele ser habitual, pero hay días que apetece algo diferente. Hoy era uno de esos días y he convencido a un compañero para ir hacia el interior. Queremos subir a algún puerto, aunque ya veremos, hace mucho, mucho, frío. He abierto la ventana y aunque se veía que venía un buen día, la primera sensación casi me congela el alma: "sí que hace frío, sí, brr...". La verdad es que ahora llega una época, cuando el pleno invierno se hace notar y de qué manera, que es para el "disfrute" de los que gustan de esta estación y de sus inclemencias típicas de estos meses: frío y frío extremo, nieve, viento, lluvia y hasta barro si es necesario: son nuestros clasicómanos, je, je.

Yo, la verdad, llevo unos años que sobrellevo mucho mejor el frío que el calor. Serán los años -los años que tengo, claro- pero ahora casi lo prefiero, ya que con la ropa de la que disfrutamos hoy en día, con los tejidos que se fabrican, aptos para cualquier destemplanza, es más fácil echarse a la carretera, bien abrigado. Lejos quedan aquellas temporadas en las que muchos colgábamos la bici "hasta el año siguiente", pero en la actualidad ya no hay excusa para seguir pedaleando incluso en invierno, por muy crudo que sea.

En mi caso, además, últimamente llevo unas salidas en las que me he curtido bien "la piel" con las asperezas invernales en jornadas memorables rozando los cero grados en el Pirineo, o bajo el intenso granizo -del tamaño de canicas- que sufrimos no hace mucho en las montañas de Ayora, o bien el recuerdo que tengo de un descenso épico, en pleno mes de diciembre, de los Rasos de Peguera a... ¡–6ºC! Sí, seis grados bajo cero, con lo que la sensación térmica bajando no quiero ni saberla, pero seguro que muy por debajo de los –10ºC, bastante más, diría yo.

Creo que en mi vida había pasado tanto frío. El aire helado me cortaba la cara y, a pesar de mi indumentaria, el congelado viento del descenso se intentaba colar por donde podía.

Aquel día había subido en compañía de otros amigos, y colaboradores de esta revista, como Claudio y nuestro estimado fotógrafo Sergi, para cubrir un reportaje de los Rasos de Peguera nevados en diciembre, algo espectacular "sólo para nuestros ojos", con aquellas montañas nevadas, ascendiendo por una carretera con las laderas completamente blancas. Fue un día precioso, gélido pero encantador, y a pesar de aquel descenso infernal guardo un buen recuerdo (¿te acuerdas, Claudi?).

En esa jornada "de trabajo" creo que me vacuné para siempre contra el frío. Iba bien abrigado, pero la temperatura tenía que ser tan brutalmente baja que, al llegar al coche, que tenía aparcado en Berga, recuerdo que me metí y puse la calefacción a tope.

A continuación de estas frescas anécdotas que os he contado, hoy por fin, después de vestirme bien... ¡salgo! Lo cierto es que antes tardaba más en hacerlo, en esta cruda época, cuando tenía que ir colocando sobre mi piel, capa sobre capa, toda la ropa que me preparaba, que era bastante. Ya se sabe, la técnica de la cebolla para intentar sobrellevar el intenso frío. Esto ya no es necesario con las prendas específicas que disponemos en el mercado.

De todas formas, mientras pedaleo calle abajo, el termostato que es mi nariz ya me va avisando de que la temperatura es muy baja, y al cruzarme con el termómetro de la farmacia de mi barrio, se confirma, ya que marca unos “preocupantes” –2ºC.

Van a dar las 8,30 de la mañana y es casi de noche, aunque ya se ven las primeras luces de la jornada.

Me dirijo a la plaza en la que hemos quedado. El vapor que sale de la boca, da un toque aún más invernal a los preparativos de la salida.

Comenzamos a pedalear, con suavidad. Las piernas aún no van finas, pero a medida que el sol va levantando, vamos entrando en “calor” y ya casi no te acuerdas del frío, a pesar de que mi reloj marca 1ºC y que durante buena parte de la matinal no superaremos nunca los 3 ó 4ºC.

Después de dejar atrás la ciudad, continuamos pedaleando, por una preciosa y estrecha carretera, convertida en una auténtica alfombra de hojas y junto a una acequia que riega los campos de cultivo que nos rodean que, a estas horas, están cubiertos de un manto blanco, completamente helados.

Los huertos van dejando paso a frondosos bosques, donde el olor del frío húmedo se deja sentir plenamente.

Como más de uno suele comentar, no hay mejor manera de preparar la temporada: ¡con una salida de éstas estás vacunado para toda la temporada!