Seguimos con el ciclismo, la pareja... y los hijos. ¿Cómo nos ven?

Por Jordi Escrihuela

 Este verano, un buen amigo mío, y como cada año, planteó a su familia (su mujer e hija) dónde querían pasar las vacaciones. A la pregunta de si preferían mar o montaña, las dos, casi al unísono, le contestaron: “Nooo, montaña no, que te llevarás la bici…” La verdad es que esta respuesta le hizo pensar que ya empezaban a estar hartas de ellos (de la bici, de los puertos y de él…), después de un año en que ha tenido la suerte de que le hayan acompañado a varias pruebas cicloturistas. Así que se les ocurrió preguntarles qué pensaban de su afición y cómo se sentían de afectadas por ella, y vaya si obtuvo respuesta, ¡y por escrito! Éste es el resultado, no tiene desperdicio:

 

El verdadero reto (la hija)

Todo empieza cuando suena el despertador, un sábado cualquiera, y una se levanta a las ocho de la mañana. Intentas despertar, pero el sueño te vence y se escucha de fondo la voz de tu madre diciendo: “Venga levanta que es tarde”, y tú piensas “¡¿Tarde?!¡Pero si son las ocho!”

Te levantas y te anuncian que tenemos que ir en coche hasta el infinito y más allá para seguir a tu padre en bici. Empiezas a vestirte, pero antes de nada, ya preparas la almohada para el viaje en el cochecito… y es que ya son muchos años de experiencia: Asturias, Andorra, Huesca, Navarra…

Siempre igual, levantarse pronto para tener dos horas libres las cuales se las pasa tu padre poniendo la bicicleta en el coche, colocándola, sujetándola bien, y no sé cuántas mil maniobras más.

Cuando por fin ha terminado (sin estar del todo seguro cómo resistirá la bici ahí arriba…), subimos al coche, con el perro, faltaría más, y… ¡rumbo hacia el infinito! Lo que dan los ciclistas por ir a escalar una montaña con la bicicleta…

Llegamos (y tú despiertas) y lo primero que hace es sacar la bici del coche y mirar si ha sufrido algún daño durante el trayecto.

Nos quedamos a dormir, y al día siguiente no hay nada mejor como que te despierten a las siete de la mañana para ir a la montaña.

Se prepara con sus mil accesorios para el ciclismo: guantes, casco, el maillot, sus gafas, coge la bicicleta y nosotras el coche y… ¡a seguir su reto!

La verdad es que todos los sitios que nos lleva están muy bien y son muy bonitos, a veces va bien desconectar un poco.

Miras por el cristal del coche y sólo ves a hombres, y alguna otra mujer, sufrir, cuesta arriba, mirándote raro al ver que vas en coche. Esto te da un cierto aire de comodidad, mientras que el porte de los ciclistas es de orgullo, y siguen adelante.

Buscas, buscas, y no encuentras a tu “maillot familiar”: “¿Dónde andará?”

Sigues hacia delante y nada: habrá que buscar por atrás.

Paramos un rato a comer un tentempié, y estos chicos ahora nos miran con gana.

Van pasando y pasando y… ¡mira! ¡El culotte de mi padre! Todo orgulloso, mientras llega a su destino, la cima de la montaña, no para ni para beber agua, ni respirar… Así y todo… ¡llegando de los últimos!

Por fin llega, todo sudoroso y muerto de sed, y cuando te va a dar un beso piensas: “¡quita bicho!”

Le das toda el agua posible para que no muera deshidratado, el pobre, y montamos en el coche para volver al pueblo.

Sólo llegar se descalza, se quita todo el kit de supervivencia y se tira a la cama.

Esa noche sí que no molestó para nada y en el fondo… ¡fue divertido!

Lo nuestro sí que es un verdadero reto…

 Daños colaterales (la esposa)

¿Quién es la mujer de un cicloturista? Es esa abnegada mujer que día a día vive al lado de un “loco de las montañas” y que sufre en silencio.

¡Cariño, quiero hacer la Rompehuesos! Y tú piensas… ¿y a mí qué? Y la temida pregunta: “vendrás ¿no?” Y tú le contestas: “sí cariño, no faltaría más…” Ahí comienza todo. Semanas antes, el entrenamiento, días que no puedes contar con él, porque entre el trabajo y la bici, ni lo busques. Después, el tema de las comidas, que si pasta, que si arroz, que si muchos hidratos de carbono… Resulta que, por comer todos lo mismo, él acaba bien preparado y tú con dos o tres kilos de más.

Después las compras, periplo de tiendas deportivas, en busca de todos los accesorios: bidones nuevos, cámaras, barritas energéticas, sales…

Y por fin llega el gran día: te levantas al alba, horas de coche en la carretera, dormir fuera de casa, volver a madrugar y después más horas de coche detrás de la “marcha”.

Y luego te pasas todo el año oyéndole decir a los amigos aquello de “yo este verano me hice la tal y la cual…” Y piensas sí, tú la hiciste, pero… ¿y nosotras? Y los daños colaterales ¿qué?...