Ciclismo y pareja... ¿cómo se llevan?

TÚ, YO... Y ELLA

Por Jordi Escrihuela

 Ya está aquí de nuevo. Ahí está mirándome como si nada. Lo que tengo que aguantar. Ha entrado en la habitación acompañada por él. Casi entra antes que yo. Y ella viene tan contenta abrazada del tonto del otro. Y le digo tonto porque así lo tiene: atontado perdido. Yo entro cargada con las maletas. Él no. Con abrir la puerta del coche a su amiga, cogerla en brazos y agarrar su bolsa con todos sus complementos ya tiene suficiente. Ya le vale. Y ahí la deja, junto a nuestra cama, mientras la acaricia y le pasa la mano suavemente, para comprobar que se encuentra perfectamente, lista para el día siguiente, que se marchará con ella y a mí me dejará aquí tirada, como casi cada fin de semana.

 Antes aún les acompañaba con el coche, pero de un tiempo a esta parte he decidido no hacerlo y quedarme en la habitación. Ya estaba bien de hacer la tonta y encima seguirles a todas partes mientras ellos se lo pasaban bien tan juntos ¿no? Suficiente hago con venir con ellos los fines de semana que se van de marcha, no les iba a dejar solos tampoco. Cualquiera se fía de estos dos. Son capaces de marcharse juntos y no volver.

Lo que tengo que aguantar  ¿verdad? Siempre con ella, nunca nos abandona. Así no se puede tener nada de intimidad. Si al menos le diera la vuelta no le tendría que ver la cara, pero ni eso, ahí la coloca de frente a nosotros, así el tonto éste la tiene controlada. No sé para qué vengo. Me parece que la próxima vez me quedo en casa. Total, para lo que tengo que hacer aquí... Esta tarde él se la va a pasar mimándola, preparándolo todo para que no le falte de nada al día siguiente. Sólo le falta darle un beso al tonto éste. Creo que si yo no estuviera le haría un hueco en la cama y se acostaría con ella. Incluso la arroparía para que no pasara frío. Eso es amor, eso es pasión.

Él me dice que esté tranquila que no me cambia por nadie, que me quiere como el primer día y que sigue enamorado de mí, pero cuando estamos con la otra sólo tiene ojos para ella. ¿Tendría que estar celosa? La verdad es que ella le hace muy feliz y me gusta verle contento pero creo que la situación me está superando. Ya hace mucho tiempo que nunca quiere salir conmigo la noche anterior al día que él tiene compromiso con su amiga. Dice que no puede trasnochar, que ha de descansar bien para poder rendir con ella al día siguiente.  ¿He dicho rendir bien? Ahora que lo pienso, conmigo no se preocupa tanto por esto. Siempre me viene con la misma historia, que lo disculpe, que se quiere acostar pronto y que no está para muchas fiestas.

 Sólo está concentrado en que al día siguiente va a disfrutar con su compañera y que tiene que estar a la altura de las circunstancias, que no le puede fallar porque le llevará hasta el límite. Y conmigo... ¿no puede estar a la altura de las circunstancias?  Cuando los sábados una quiere marcha, salir por ahí, pasárselo bien, viene el otro y te chafa los planes: "¿hoy no habrás quedado con nadie, no?", "no, no me apetece salir de fiesta, mejor vete con tus amigas, cariño", "prefiero quedarme en casa viendo una peli o leyendo". 

 Debe ser también la edad. Hace unos años, unos cuantos, no le importaba compartirme con su querida amiga. Por la noche nos íbamos de "marcha" con nuestros amigos y aunque llegáramos tarde, él al día siguiente se levantaba y se iba también de "marcha" con su compañera. Pero de un tiempo a esta parte afloraron sus excusas y ya los sábados no hay manera de poder contar con él. Ni los domingos. Se marcha de buena mañana y sólo sé que se acerca a mí, sigilosamente, y me da un beso en la mejilla. Ya no lo volveré a ver hasta el mediodía, comerá, me explicará cuatro batallas y se irá a echar la siesta, cansado del tute que le habrá dado la otra y con mucho sueño por la paliza y el madrugón que se habrá pegado.

 Y yo, pues nada, a esperar a que se levante a ver si al menos quiere dar un paseo vespertino que es a lo único que parece estar dispuesto: "me vendrá bien para estirar piernas", me dice. Esto es cuando nos quedamos en casa, porque cuando salimos de fin de semana para que él pueda disfrutar de su particular vicio en no sé dónde,  tenemos que coger el coche y pegarnos una kilometrada para que luego no me haga ni caso, es bastante peor la situación.

 El domingo, como estará cansadísimo, me pedirá que conduzca yo. Así que encima los tengo que llevar a los dos, resacosos perdidos. Me parece que es la última vez que los acompaño. Estoy aburrida de esta situación. Como dicen, mejor "ojos que no ven, corazón que no siente". Que hagan lo que quieran.  No me gustaría ponerme en la disyuntiva de decirle que tiene que elegir: o a mí o a la otra, porque no sería la primera pareja que conozco que se rompe porque el otro contesta: "pues la otra". De verdad, palabra. Y cada uno ha tirado por su lado.

 Sé que, en uno de los casos, ella estaba buscando pareja y que lo primero que les preguntaba, así como quien no quiere la cosa, era si practicaba algún deporte. Y él, que ya casi no le he vuelto a ver el pelo, se dedicó a viajar y a viajar con su única compañera como testigo en busca de nuevos retos y nuevas fuertes emociones. Se ve que la pobre chica no le daba las satisfacciones que le daba su flaca, como él la llamaba.

 Eso sí, la última vez que lo vi estaba mucho más delgado, más chupado. Se ve que su amiga lo estaba dejando en los huesos y se estaba gastando casi todo el poco dinero que tenía en sufragar todos los gastos que suponía darle todos los caprichos que le pedía, aunque él lo hacía con mucho gusto y no paraban, siempre de aquí para allá. La verdad es que no tenía otra cosa que hacer. Eso y trabajar. Y con los hijos ya mayores no se tenía que preocupar de nada, sólo de buscar los mejores destinos para disfrutar con su amiga, solos los dos y la montaña. Así ya eran felices.

 Porque ese es otro tema, con lo que a mí me gusta ir a la playa en verano... Él ya no la soporta. Sólo quiere ir a la montaña, siempre a la montaña. La cabra tira al monte, claro. Y a mí que me pasa igual que a él pero al revés: cuando me habla de ir a los Pirineos o a Asturias a mí se me ponen los pelos de punta, sólo de pensar en que si le digo que sí siempre nos va a acompañar la otra ya se me quitan las ganas de vacaciones.

 He de admitir que muchas veces es él el que accede y me lleva a la playa, pero siempre se queda debajo de la sombrilla ("yo ya tomo bastante sol durante todo el año") con su moreno paleta y con pocas ganas de bañarse ("el agua está fría"), mientras mira a lo lejos sus montañas, entre melancólico y resignado.

 Ahora de nuevo se acercan las vacaciones y ya estoy mirando alguna isla donde llevarlo, que tenga muchas playas pero sobre todo que sea casi llana, así no le dará palo no llevar a su compañera de fatigas. Ya sé dónde iremos y no me podrá decir que no. Será sólo una semana, pero al menos estaremos juntos: él, yo... y sin ELLA.