TESOROS CICLOTURISTAS: COLL DE PRADELL

Por Jordi Escrihuela

Prefiero no mirar. Me concentro en la rueda de delante y ya veo como entra en el hormigón. Ya estoy en ella, estoy en la "rampa". La pendiente me tira para atrás. Intento mantenerme en equilibrio y llevar la bici lo más recta posible. De vez en cuando levanto la mirada para ver por dónde voy, pero es peor, la visión del desnivel me hace dudar aún más. Mejor seguir centrado en el pedaleo. Aún y así no podré evitar pegar unas “eses” de impresión. La bici me hace el caballito. La bestia me quiere desmontar, pero no lo consigue. Sudo a chorros. El corazón a 180, pero estoy aguantando, pegando tumbos, pero aguantando al fin y al cabo. Por fin la rueda de delante sale del cemento, ya se vuelve a deslizar por el asfalto, parece que el suplicio se ha acabado, pero no, ahí otra curva, y otra contra curva al 17 %, salvando las antiguas vías del tren minero: ¡qué puerto, Dios, qué puerto!

Estoy en Pradell, un coll de extrema dureza. Había iniciado su escalada consciente de que me esperaba algo terrible. Había leído mucho sobre este puerto, había visto incluso fotos, pero nada es comparable a verlo con tus propios ojos y sentirlo con todas sus fuerzas en tus piernas, sentir el dolor en tu pecho por el esfuerzo realizado.

Llegando a Vallcebre no había pérdida posible, la carretera no engañaba y tiraba con decisión para arriba. Calzada estrecha y tremendamente inclinada: curvas, rampas entre el 14 y el 18% entre masías, reptando por una pista rural asfaltada agarrada a la pared de rocas, que se me venía encima.

Regulando bien, aunque se me hacía muy duro, levantaba la vista para contemplar el hermoso paisaje del Berguedà. Pero la volvía a bajar y me topaba de frente con el siguiente muro.

Cuando la dureza de este tramo de escalada se me hacía ya casi imposible, porque poco a poco me iba asfixiando y parecía que de un momento a otro me iba a descabalgar, coroné un primer alto sobre el pueblo, el puerto se abrió y me ofreció una pequeña tregua en forma de llano.

Unos metros más adelante vi la señal: “Coll de Pradell” indicándome por dónde debía seguir, como si la puñetera pendiente no lo delatara lo suficiente. Parece ser que aquí acababa el asfalto, pero en el verano del 2004 a algún ingeniero se le ocurrió la “feliz” idea de pavimentar esta pista para enlazar por carretera Vallcebre y Saldes.

Seguí para arriba a afrontar los 3 últimos kilómetros, los más duros, con una media de un 11% el primero, ¡un 14 el segundo!, y un 10 el tercero.

Saliendo de una de las durísimas curvas que jalonan este último tramo fue cuando la vi, allí arriba, dirección al cielo, disparada como una flecha. Más que una carretera parecía una pista de saltos de esquí alpino, justo encima del pequeño y bucólico lago. Fue cuando me encontré de frentela señal de “20 %” y casi me entró la risa... pero de miedo, pensando en cómo iba a subir eso.  

Ahora ya está, un breve descansillo para respirar y coger fuerzas. Últimas rampas al 15% que después de todo se superan y por fin llego al final, al paso canadiense, que indica el cambio de vertiente y el descenso. Arriba no encontraréis espectadores que os aplaudan, pero sí el cartel con el nombre del puerto, todo un tesoro confeccionado por el amigo Buru, donde podréis inmortalizar vuestra hazaña.