MARIE BLANQUE: La religión de Kenneth White

Por Jordi Escrihuela

”Cuando me pregunten a qué religión pertenezco, yo diré: a la del Col de Marie Blanque…”

Invierno de 1983. Kenneth White, escritor y poeta escocés, nacido en Glasgow en el año 1936, escribía, con total devoción, esta mítica frase en su “Prose pour le Col de Marie Blanque”, perteneciente a su obra “Terre de diamant”. En su prosa, Kenneth, nos describía su experiencia personal en una excursión a pie que había realizado a la “montaña profunda, en pleno invierno”, un enamorado del Pirineo francés que se instaló en el año 1967 en Pau. No sabemos si fue en busca de una leyenda o al encuentro del amor de su vida, su esposa Marie-Claude White. Puede que, como él mismo narra en su prosa, ascendiera lentamente el Col, bajo grandes copos de nieve y allí encontrara a su Dama Blanca. Curiosidad del destino, el genial ensayista, se casó con su “Blanca María”, fotógrafa y traductora, una mujer que fue fundamental ya no solo para su equilibrio emocional, sino también para dar un gran impulso a su carrera como escritor. Kennet, en su obra, ya nos describía el Marie Blanque como un Col que no tenía nada de grandioso, que era un pequeño paso de montaña entre gigantes y que la senda ascendía a través de bosques de abetos, robles y abedules:

“Le sentier grimpe à travers bois: sapins, chênes, bouleaux. Il y a si peu à dire. Nous ne parlons pas. Nous mettons un pied devant l’autre et laissons faire la neige”

Poco podría imaginarse por entonces Kenneth, que aquella religión se iba a extender por todo un mundo de miles y miles de personas y de la que quizás él fuera su primer profeta.

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En aquellos años el Marie Blanque era poco conocido en el mundo del ciclismo: solo se había ascendido una sola vez en el Tour de France. Fue en el año 1978, en la etapa Biarritz-Pau, donde el primero en coronar e inscribir su nombre en la mítica cima fue el belga Michelle Pollentier.

La Grand Boucle no volvió a hollar su cima hasta el año 1986, en el recorrido Bayona-Pau, donde nuestro querido Perico fue el primero en coronarlo. La ronda gala no se ha prodigado mucho por este pequeño gran col, pues solo en 12 ocasiones más ha sido transitado por la serpiente multicolor del julio francés, siempre como puerto de paso. Podemos recordar nombres como el de Duclos Lassalle o Lucho Herrera (en el doble paso del año 1987), o el de Richard Virenque en 1992, donde el francés se dio a conocer en su teatro de los sueños particular, un recién llegado al Tour que quería su minuto de gloria, ese que un periodista de L’Équipe le había negado diciéndole que si quería protagonismo lo que tenía que hacer era atacar. A Richard se le quedaron grabadas aquellas palabras y la lio de salida en San Sebastián, atacando junto a Javier Murguialday y llegando al Marie Blanque con 5 minutos de diferencia sobre el pelotón. En la meta, en Pau, cedió la victoria al vasco, pero él se llevó todos los maillots: mejor escalador, regularidad y líder de la general. Había nacido una estrella. Como curiosidad, aquella europea edición del Tour, solo tuvo al pequeño col como único puerto pirenaico.

Otra etapa recordada, pero por triste motivo, fue la del año 1995 (5º Tour de Indurain), donde los corredores neutralizaron el recorrido y subieron todos en pelotón en homenaje a Fabio Casartelli, fallecido el día anterior, como todos recordaréis.

Pero si me tengo que quedar con uno de los muchos momentos épicos que ha protagonizado el Marie Blanque en el Tour de Francia me quedo, sin duda, con el recuerdo del año 2000: etapa Dax-Hautacam. Todos tenemos grabada en la retina la imagen de un Kelme, Javier Otxoa, llevándose las manos a sus labios y repartiendo besos al público. Acababa de ganar en Hautacam, después de culminar una larga escapada de 150 km, una gesta que parecía imposible en un auténtico etapón pirenaico con Marie Blanque, Aubisque y Soulor antes del coloso final. Casi nada. Recuerdo a Javier escalando la Dama Pirenaica bajo la lluvia y el frío. Coronó con mucho tiempo de ventaja, pero todos sufrimos y pedaleamos junto a él cuando en la ascensión final un americano llamado Lance le pisaba los talones literalmente a un ritmo infernal. Al final Javi ganó con 42 segundos de diferencia, aunque después muchos comentaron que Armstrong no le quiso quitar la victoria. O quizás es que no pudo. Aquel día Ochoa se hizo con el maillot de lunares rojos que mantuvo durante cuatro días seguidos.

La agonía hecha montaña

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Como experiencia personal, qué os puedo contar a miles y miles de vosotros que no conozcáis, bien por todo lo que han escrito y hablado de él, o porque lo habéis sufrido en vuestras propias carnes. Cada uno tiene sus vivencias personales en la Dama Blanca, sus pequeñas o grandes historias que contar, sus anécdotas, sus experiencias afrontando un muro que año tras año es el coco de los cicloturistas.

Yo lo he ascendido once veces, las cinco primeras de forma consecutiva (1997-2001) y podría dar para escribir un libro todas las sensaciones, para lo bueno y lo malo, que yo he vivido ascendiendo este puerto. Aquellos años encadenado al terror de los Pirineos Atlánticos tuve una extraña sensación: cada vez que volvía y me enfrentaba al muro de sus 4 km finales y engranaba todo lo que llevaba detrás (desde 39x26, pasando por toda la gama, hasta el compact 34x27) me daba la sensación como si el tiempo no hubiera pasado y allí me veía de nuevo escalando mi dulce tortura (Miguel Gay-Pobes), como si lo hiciera eternamente, pedalada a pedalada, buscando la siguiente curva, esa que no llega nunca, para intentar distraer la cabeza.

Podría deciros que casi todas las subidas que he hecho a esta mole han sido bien diferentes, pasando un calor de morirse (40ºC, 1998) a la niebla, la lluvia y el fresco de otras ediciones, sin poder llegar a decir que he pasado frío, pues esto, en el Marie Blanque, es imposible que suceda y siempre con sensaciones variadas, buenas o malas, aunque estas últimas siempre me han ganado por mayoría absoluta con “esa sensación de intentar avanzar sobre una bici estática” que tan bien describía el propio Miguel Gay-Pobes.

Como gran anécdota, recuerdo mi primera ascensión. Sus primeros kilómetros decepcionaron un tanto a los que me acompañaban (“¿Esto es el terrible Marie Blanque? Esto no asusta a nadie”) Y que incluso subían a plato aquellos suaves primeros desniveles. Qué equivocados estaban, cuando de repente se toparon con el muro, la famosa recta infernal de 4 km al 12%, que muchos afrontamos completamente atrancados, otros haciendo eses o bien andando con la bici en la mano.

Y ahora confesad, ¿vosotros también pertenecéis a esta religión?