Ojalá todos pudieran volver igual

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EL PUERTO DE SU VIDA

Texto:  Jordi Escrihuela

 

Salió disparado de repente. En aquel momento se encontraba como nunca, muy fuerte. Iba sin cadena, devorando los kilómetros, como una moto.

 Se quitó un momento las gafas ya que iba a atravesar un largo y oscuro túnel. No veía nada. Fueron algunos kilómetros algo angustiosos en los que tuvo tiempo para pensar de todo, en lo bien que se lo pasó subiendo puertos en Alpes o Pirineos, o participando en aquella marcha tan dura en Asturias. Le venían las imágenes a la cabeza, una tras otra, recuerdos imborrables que no sabía muy bien por qué, pero que en aquel momento se le proyectaban en su cabeza. Al menos fue una bonita manera de entretener la mente mientras atravesaba el interior de aquellas montañas.

 Por fin vio el final del túnel y una luz cegadora se dejaba entrever al fondo. Cuando salió al exterior, no pudo reprimir un oh de exclamación, al comprobar la extraordinaria belleza de aquel paisaje. Un paraíso en forma de verdes montañas, ríos de agua cristalina, todo bajo un cielo azul incomparable. Se disponía a afrontar la última subida, la más exigente y dura de todas las que había hecho hasta ahora, un puerto durísimo pero precioso.

 Encaró la primera rampa y se sorprendió de lo “fácil” y rápido que iba. Con una ligereza digna del mejor escalador fue sorteando curvas imposibles una tras otra, demarrando con fuerza en cada cuesta. Unas voces invisibles le jaleaban, seguramente fruto de su imaginación, que le iban animando cada vez más y más para que llegara hasta arriba. A veces, parecía que incluso en las cunetas había gente animándole.

 En algún momento creyó ver entre aquel “público” a alguien de su familia. Pensó que la cabeza, quizás debido al esfuerzo, le estaba jugando una mala pasada y siguió ascendiendo, pedaleando como los ángeles.

 Faltando poco para coronar fue cuando se lo encontró, un extraño pero autoritario personaje que le impedía continuar: “Lo siento, no puedes seguir. La carretera acaba aquí y debes dar la vuelta”.

 Perplejo, porque aún faltaba más de un kilómetro de subida, se dio la vuelta y prefirió no discutir con alguien que parecía realmente una autoridad competente. Inició la bajada, algo desilusionado, y es cuando empezó a oír de nuevo las voces. Cada vez se oían más claras y más cercanas.

 Finalizado el descenso fue cuando vio una multitud rodeando a algo o alguien que estaba tumbado en el suelo. Parecía que había sido un accidente. Una ambulancia aparcada en la cuneta. Al acercarse, el mundo le cayó encima. El que estaba en la calzada, con el casco roto y su bicicleta destrozada era él mismo. En ese momento las voces le despertaron: “¡Ya vuelve en sí!, ¡Ya vuelve!”.

Efectivamente, abrió los ojos y allí se encontró con los enfermeros y el médico que lo estaban reanimando. También con alguien que presenciaba la escena con angustia. Acababa de cometer un grave error. Una distracción, una imprudencia, una llamada atendida en el peor momento, un golpe de volante y de repente parece que todo hubiera finalizado allí mismo, en aquel maldito kilómetro. Pero no, sangre fría, decisión rápida y actitud justa y necesaria, de una manera responsable asumiendo su culpa, fueron suficientes para que aquel ciclista acabara de volver de escalar y descender el puerto de su vida.