ASTURIAS

PIENSA EN VERDE, PIENSA EN BICI

Por Jordi Escrihuela

Fotos: Javi de La Casona de Con

Hoy amaneció radiante el día en Asturias. Y caluroso. No es fácil que se llegue a los 30 grados en el Principado. Sin embargo, abandonando esta bella tierra, este paraíso natural, y ya tocando a Cantabria, unos tímidos pero negros nubarrones dejaron caer unas pequeñas gotas de lluvia. Una de ellas resbalaba con amargura por la ventanilla de mi coche, mientras percibí que de mi mejilla caía una lágrima verde, impregnada del color que había quedado retenido en mis retinas durante estas semanas, mientras en la radio sonaba de fondo el lamento inconfundible de la gaita asturiana interpretando una dulce versión de la banda sonora de la película "La Misión".

Pero no intentéis consolarme. No tratéis de mitigar mi añoranza recordándome lo que yo vi y sentí ante estas montañas, esta majestuosa Cordillera Cantábrica, cruzando entre la niebla puertos como el Mirador del Fito, donde bien vale la pena hacer un alto en el camino y extasiarse con las vistas a los bellos Picos de Europa y asomarse al balcón del Atlántico que se muestra en todo su esplendor. Porque en esta carretera aún son palpables las luchas ciclistas que en ella se vivieron camino de la batalla final en los míticos Lagos de Covadonga, tras las huellas de los grandes escaladores de la historia del ciclismo.

Desde Cangas de Onís y su imponente Puente Romano, inicié esta vez una ascensión diferente. Fue una escalada para el deleite de mis sentidos. Saborear lo que hace años no pude por mi tensión competitiva, porque esta vez sí, pude disfrutar de las vistas al imponente Santuario de Covadonga, también de abrir bien los ojos en sus pocos reconocidos primeros kilómetros de subida, donde hace años mi paso fue muy fugaz, después de recrearme en el Mirador de los Canónigos, y retorcerme algo en la menos famosa y dura curva que te deja a los pies de la cuesta de Moferos.

Palpaba cada metro inclinado, cada rincón escondido y cada braña que aparecía ante mis ojos, como nunca antes lo había hecho.

Pero amigos, no hagáis que me vuelvan a temblar las piernas si me preguntáis por mi experiencia, de nuevo, veinte años después, al enfrentarme una vez más a la temible cicatriz de la cuesta de la Huesera, lo más duro que en aquel momento se conocía. Asombrarme cómo aquello lo pude subir con los desarrollos de entonces. Extasiarme, otra vez, con la exhibición de la naturaleza en el Mirador de la Reina, después de haberme arqueado en su muy exigente curva de herradura. Por decir, que no hagáis acordarme de la contemplación de la belleza de los lagos de Enol y la Ercina. No lo intentéis, porque haréis que mi alma perpetúe en ellos.

No tratéis de aminorar mi melancolía con el recuerdo de mis travesías por luminosos puertos como el de La Caballar, después de exprimirme en su ascensión superando la dura travesía del pueblo de Sotres, el más alto de Asturias, y cuyo último kilómetro final se engancha y de qué manera. Un puerto territorio Vuelta a España. Las pintadas en la calzada y un monumento conmemorativo, a cargo del Ayuntamiento de Cabrales, en recuerdo del final de etapa en la pasada edición de la Vuelta, así lo atestiguan.

No hurguéis en mis llagas y no queráis averiguar qué es Jitu Escarandi, a continuación de La Caballar. Sólo os puedo decir que, allí arriba, toqué el cielo con mis manos y que si éste existe debe ser muy parecido a lo que vieron mis ojos.

No atenuéis mi pena hablándome de lo que yo en este país descubrí: el Parque Natural de Ponga, a la sombra de Covadonga y los Picos de Europa, un gran desconocido tanto para el ciclista como el turista. Un territorio virgen para disfrutar de nuestro deporte favorito, ascendiendo y descendiendo atravesando hermosos pueblos parados en el tiempo, con sus antiguos hórreos y sus viejas casas de piedra, como San Juan de Beleño, Valverde o Sobrefoz, curveando, sorteando caprichos de la naturaleza, túneles naturales en forma de árboles en el Bosque de Peloño, tremendos desfiladeros como el de los Beyos, puertos donde disfrutar con la bici como el del Pontón, o Ventaniella, donde nace el río Sella tocando la frontera con León, muros y cuestas para desafiar nuestros límites en forma de rampas inhumanas como el alto de Casielles, un pequeño Alpe d'Huez asturiano con sus 24 curvas entrelazadas, o la travesía de Amieva o la Collada Taranes, ambas de pavimento de hormigón rayado, y en la que en esta última existe el kilómetro ciclable más duro de España: un 22% de media con puntas de hasta el 30. Una tremenda brutalidad.

Yo, no os voy a engañar, hice estas durísimas rutas a pie, pero siempre pensando en bici, aunque algunos nos tachen de locos por intentar meter una flaca por estos montes, pero también hay gente que nos ha demostrado que "sí, se puede". Cada uno es libre de afrontar su pequeño o gran reto particular, según sus fuerzas o sus ganas.

 

 

Pero, ya os digo, no paliéis mi nostalgia si también me recordáis mi vuelta al Angliru. De nuevo allí, superando de otra forma diferente también los muros de Cabanes, Cobayos, Llagos, Cueña de les Cabres o el Aviru, pude detenerme y leer "negro sobre blanco" todo lo que en su día recogieron los medios de prensa escrita como Marca, El Mundo o La Nueva España sobre lo terrorífico de sus rampas:  “El infierno. La etapa más terrorífica de la historia”, “Angliru. Una pared descomunal”, “Bestial. Lo más duro de mi vida”, “Olimpo de pasiones”, “La vuelta del coloso”…

No amortigüéis mi pesadumbre recordando mis paseos entre frondosos hayedos. Tampoco me habléis de sus valles y sus mágicas brumas, ni de las frescas aguas de sus ríos como el Sella a su paso por Arriondas, como el Cares, recorriendo el espectacular desfiladero más transitado y famoso de España, entre Poncebos y Caín, o como el del Dobra y su refrescante Olla de San Vicente.

No atemperéis mi morriña si traéis a mi memoria la bravura del mar Cantábrico rompiendo en los acantilados de Luces y Lastres, uno de los pueblos más bonitos de España,  con su faro por testigo, o sus hermosas playas como las de La Griega, con su intenso perfume de eucaliptos siguiendo las icnitas de los dinosaurios, o las de Cué, Ballota o Andrín que nada tienen que envidiar a las de las famosas costas caribeñas.

 

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No consoléis mi tristeza hablándome de sus amables gentes y de su rica gastronomía en forma de fabadas, sidras y quesos como el Cabrales o el Gamonedo, del que dicen que es el más bueno y caro de España.

Resistiros a todo lo que os sugieran vuestros sentidos pensando en Asturias porque si no lo hacéis, lejos de mitigar mi pena, vosotros también necesitaréis consuelo.