Días de lluvia... y ciclismo

CUMULONIMBUS en el horizonte

Por Jordi Escrihuela

www.spiuk.es

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 He oído llover toda la noche. Entre esto y los nervios, no he pegado ojo, pensando en lo que me esperaba en unas pocas horas. Estas no son las mejores condiciones para afrontar el gran reto de hoy, una fecha que tenía marcada en rojo en mi calendario y que me ha supuesto mucho esfuerzo, mucho entreno durante todo el año y casi 800 kilómetros conduciendo que me metí ayer entre pecho y espalda para venir hasta aquí.

 Pero el reloj, inflexible, marca la hora. No voy a abandonar en este momento. Mejor no pensárselo mucho. Si lo hiciera me quedaría en la cama. O quizás, a lo mejor, seguiría el recorrido en coche. Pero no me vale. He venido hasta aquí para cumplir un sueño. Qué dirían si después de todo no saliera ahí afuera con mi bici por lo menos a intentarlo, a darlo todo.

 Ya sabía que las previsiones no eran buenas, que las perspectivas meteorológicas daban una jornada pasada por agua. Pero siempre pienso que puede que se equivoquen, o que exageren, o que finalmente sean cuatro gotas y no sea para tanto.

 No me voy a echar atrás ahora, aunque compruebe, subiendo la persiana, que en efecto está lloviendo, no mucho, pero lo suficiente para dejarme inquieto. Unas finas gotas que dejan la calzada completamente mojada. Es de locos tomar la salida, aunque yo ya tengo experiencia suficiente en pasar horas bajo la lluvia, en pasar mi peor invierno en un día de verano en las montañas, en notar el impacto del granizo en mis brazos y en sentir el fuerte viento que no te deja avanzar, ese que para mí es el enemigo público número 1 del ciclista.

 Pero como siempre pienso, si sales y te pilla una borrasca pues mala suerte, apechugas y tiras para adelante, pero si desde la primera pedalada ya lo haces en estas condiciones cunde el desánimo y son pocas las ganas de montarte en bicicleta para pasar todo el día en remojo.

 Ya se oye gente arriba y abajo. Eso me anima. No soy el único loco y son muchos los que ya se están preparando. Oigo como caminan ya con sus zapatillas puestas. Como hablan entre ellos. Muchas dudas. Muchos interrogantes. Escucho que quizás alguno haga lo más sensato e inteligente: no salir. Algunos se preguntan si llegaran con tiempo al primer puerto. Incluso si lo harán. Pero la mayoría se visten que es lo más difícil: ponerse el culote.

 Espabilo y voy por faena. Concentrado, sí, ilusionado, también, pero con el corazón encogido viendo lo que pasa al otro lado de la ventana. Echo un vistazo a la méteo: desencanto. El pronóstico es terrorífico. En el puerto más alto, en el techo del recorrido de hoy, anuncian lluvia y una temperatura de 0ºC, con lo que es fácil imaginar que puede que hasta nos nieve. No sería la primera vez.

 Salgo, por fin. Sigue lloviendo. En el horizonte la oscuridad de las nubes amenazan las montañas. Son tan desafiantes como bellas. Hacia allí me dirijo. Llueve y deja de hacerlo con diferente intensidad, pero cuando ya me lanzo, en compañía de otros miles como yo, hacia el primer desafío del día empieza a llover bastante.

 Comienzo a subir. La lluvia no cesa. A medida que gano altura la temperatura también va bajando. Frío intenso. A todo este recital climatológico se nos añade también ahora la niebla mientras asciendo por una carretera estrecha con el pavimento en bastante mal estado y encima no veo a la distancia de dos metros. La montaña me mira a los ojos retándome a la cara empapada en sudor frío.

 Llego al puerto y la temperatura es de 2ºC. Bajar en estas condiciones será peligroso. Vamos pasando poco a poco. Los ciclistas casi ni nos miramos. Tampoco nos vemos con nuestras caras tapadas por los impermeables. Hay algunos que desaparecen entre las pendientes.

 No para de llover. El espectáculo es dantesco. Carretera impracticable por el barro. El aire frío del descenso es intenso. Sufro. Hay gente que se ha refugiado ya en el primer bar camino de la segunda emboscada del día.

 Estoy muerto de frío. Empapado de agua hasta arriba. Pero ya puestos, decido continuar, prefiero seguir pedaleando hasta donde mis pies me lleven. No quiero retirarme, aunque la tentación de ver cargados un par de autocares con ciclistas dentro hace que me lo piense seriamente. Mis piernas, curtidas en mil batallas, empiezan a temblar.

 Pero no. Aquí sigo. Pensando en qué habré hecho yo para merecer esto. Con lo bien que estaría en casa qué hago aquí en medio de una tormenta que no para, entre montañas perdidas, debatiéndome entre continuar y abandonar. Pero hay algo que me invita a seguir. A pesar de todo, del frío, la lluvia, la niebla, el granizo... el paisaje es inmortal aunque los dioses me hayan abandonado a la buenaventura y hoy tenga que pedalear en el infierno.