Día: 28 enero, 2020

El mundo puede ser maravilloso

 

Me gusta subir puertos, la alta montaña, buscar esos lugares que te imponen, y desde que vi plácidamente desde el sillón por la tele ganar allí a David López su primera carrera profesional la subida al Rettenbachferner-Glaciar de Sölden, la tenía entre ceja y ceja. Aquello fue un 14 de agosto de 2007, en la Vuelta a Alemania. Nos conocíamos de nuestro stage de Auritz/Burguete (RAK) y siempre que podíamos nos gustaba seguirle y animarle a distancia. Aquel día fue muy especial y después de descolgar en sus durísimas rampas a su compañero de escapada, Jens Voigt, levantaba los brazos merecidamente. Él fue muy feliz, pero nosotros también, y en sus rampas tuve ocasión de revivir alguno de aquellos momentos y que no había olvidado.

Los números del puerto son de los que “asustan”, ya que para llegar hasta los 2.795 m de su cima tenemos que superar 13,5 km al 10,57% de media con un desnivel acumulado de 1.427 m.  El Rettenbachferner y su “hermano” el Tiefenbachferner se encuentran en el valle del Ötzal, Tirol austríaco, en una carretera que desde la localidad de Sölden nos lleva al glaciar del mismo nombre. Lo del “hermano” es que poco antes de la cima nos vamos a encontrar con dos posibles finales ya que la carretera se divide en dos: Rettenbachferner y Tiefenbachferner. El primero a los pies del glaciar era mi gran objetivo; para llegar al segundo es necesario atravesar un largo túnel y eso era algo que me tentaba menos.

Veníamos de hacer el Giovo y el Passo Rombo: espectáculo en estado puro. El final en el Rettenbachferner era opcional y el grupo decidió descansar ya que llevábamos una semanita intensa. Una pena, ya que pocas veces se iban a repetir las condiciones: el día era perfecto, con calor, el atardecer iba a ser precioso, el hotel estaba justo en el cruce y no había gente, por lo que todo apuntaba a que sería una subida en silencio y soledad.

El grupo se va a descansar, le miro a Antxon, sé que es uno de esos días con las condiciones que le gustan, y sin apenas hablar ya estaba sobre la bici en la primera rampa del puerto.

El comienzo es muy exigente y se hace pasando por urbanizaciones entre las que ganas altura con rapidez. Los cinco primeros kilómetros, con una pendiente media superior al 11%, te marcan y hay que tomárselos con calma y sin despistarse en un par de cruces. Probablemente estamos en la zona de pendiente más constante, de pocos descansos, con carretera todavía bastante ancha. Toca guardar fuerzas y disfrutar de las vistas hacia el valle.

Por fin la pendiente da tregua y llega a la zona de la barrera. El paso es gratis para los ciclistas, pero de pago para los vehículos. Un kilómetro al 6,1 % que es un pequeño engaño ya que los casi siete que nos quedan van a ser terribles, de nuevo en ese terrorífico 11% de media.

Eso sí, el paisaje cambia por completo. Desaparecen las casas, el bosque y la montaña con sus inmensas praderas mandan. Es junio, por lo que queda mucha nieve y el blanco domina al verde.

Empiezo una larga recta que me adentra en el valle. Las montañas son un perfecto telón de fondo, empiezo a sentir la soledad y me siento bien. Paso unas curvas de herradura, la grandeza de todo lo que me rodea es cada vez mayor. Voy, como en toda la subida, muy despacio. Sé que estoy solo, no veo a nadie, pero me siento protegido. Pienso, hablo solo y cargo mi espíritu.

Llego a la parte final de la subida y dejo a la izquierda el desvío a Tiefenbachferner. Ha pasado mucho tiempo desde que arrancaba en Sölden, pero no tengo esa sensación. Me he visto con Antxon en muchos sitios de la subida. Juntos, pero cada cual viviendo su propia historia. Una historia que tenía un punto final común a 2.795 m de altitud. Estamos solos, nadie a la vista. Momentos de paz, disfrutando de la inmensidad de las montañas, del silencio….

Sol y casi 20°. Estamos a 13 de junio y en esta zona a estas alturas de año no hay nadie, ya que la actividad empieza en julio con el esquí en el glaciar. Serán solo dos meses de verano ya que en septiembre la nieve y el frío volverán a colarse entre las montañas.

El día se va acabando y hay que regresar. En el hotel, antes de la ducha y de volver a atender al grupo, todavía queda tiempo para una cerveza con la que saborear los bellos momentos vividos. Hay veces en las que en soledad puedes sentir de manera especial las cosas maravillosas que nos ofrece nuestro mundo y hoy había sido uno de esos días.

 

 Por Jon Beunza

Fotos: Andoni Epelde

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