Día: 13 diciembre, 2019

Probablemente si tuviésemos que hacer una encuesta entre aficionados al ciclismo en la que tuvieran que elegir un puerto, el ganador sería el Stelvio. Sus 48 tornantis en la subida desde Prato son magia y para todo aquel que “conquista” su cima, hay un antes y un después.

Por nuestra parte, vamos a dar un paso más, vamos a hacer un poco de historia y ver el origen de esta caprichosa carretera. Su origen nos lleva hasta la primera parte del siglo XIX, en el que el emperador Fernando I de Austria quiso construir una carretera que uniera directamente Valvenosta, con Milán, que por aquel entonces pertenecía a Austria, a través del valle de Valtellina. El que todo ese valle fuese Austria, es la primera razón de peso para que el Stelvio, cuyo nombre austríaco es Stilfersjoch, fuese una realidad. La obra fue encargada a Carlo Donegani, auténtico mago de la ingeniería de caminos de la época. Durante la construcción del Stelvio, Donegani tuvo que hacer frente a innumerables problemas debido a lo abrupto del terreno y a las condiciones extremas. En 3 años la obra fue completada ante la asombrosa mirada del Emperador Fernando que quedó maravillado ante semejante obra. Por aquel entonces el paso de montaña transitable más alto de Europa, hasta que llegó el Col de l´Iseran en 1937 (2.770 m), a partir de entonces ocupa el segundo lugar, ya que el Col de la Bonette, no se considera un paso como tal sino una carretera a partir de un paso de montaña.

Paralelamente a la construcción de la carretera del Stelvio, se construyeron una serie de fuertes para no perder la hegemonía de un punto tan estratégico. Se trata de los fuertes de Gomagoi, Klein Boden y Weisser Knott, que los encontraremos hoy en día en un estado ruinoso pero que nos recuerdan el por qué de esta carretera. Un dato importante que nos hace tener una idea de la importancia del Passo Stelvio, es que hasta 1915 era transitable todo el año, gracias al duro trabajo de escuadrillas “quita nieves” que lo mantenían abierto. Tras el armisticio del 4 de noviembre de 1918 en Villa Giusti, Padova, el Passo Stelvio paso a manos italianas y de esta manera perdió su utilidad original la de unir Valvenosta con Milán y desde entonces se cierra en los meses invernales. Durante la primera Guerra Mundial toda esta zona vivió intensas batallas y hoy en día todavía se conservan ruinas de edificios y varios monumentos en homenaje a los caídos. En aquellos años, muchos prisioneros tuvieron que trabajar duro en su trazado para mantenerlo abierto y permitir que los carros de combate pudieran atravesarlo. La nieve y el frío, hicieron estragos.

 

El Stelvio es todo historia. En 1953 fue incluido por primera vez en el trazado del Giro, “una autentica salvajada” como recuerdan algunos de los que estuvieron, allí ya que por aquel entonces no había los desarrollos de hoy en día. Aquel día en la vigésima etapa, un Fausto Coppi de 34 años salió en segunda posición de la general por detrás del suizo Hugo Coblet en la etapa que unía Bolzano y Bormio, llegó en solitario a meta imponiéndose en su quinto y último Giro de Italia.

De entre los nuestros cabe destacar a Paco Galdós, corría el año 1975 y aquella ocasión el gran coloso era el punto final del Giro, última línea de meta. Galdós arrancó con sólo 40” de desventaja con respecto a Fausto Bertoglio, maglia rosa de un giro con las grandes ausencias de Moser y Merckx. El corredor vasco intentó de todos los modos posibles e imaginables dejar atrás a su rival directo sin conseguirlo, la llegada en meta nos dejó una de las instantáneas más pintorescas del ciclismo, un Paco Galdós vencedor en la cima del Stelvio que cruza la meta cabizbajo y abatido y un Bertoglio en segunda posición con los brazos levantados exultante.

El Passo Stelvio es un coloso, por longitud, por altitud, por situación, por historia. Un lugar que cuando pasas por él te sientes “distinto”, un puerto que subes como “él” quiere, no como a ti te gustaría. Si se le cruza el cable “te sopla” una brisa en la cara que te mina, te desespera, te mata. Otras veces, cuando te crees que todo se ha acabado hace que baje la temperatura de repente y “te hiela” en la bajada, haciendo bueno el caliente sufrimiento de la subida. Tiene mil y una artimañas para desesperarte, para minarte la moral. Pero a pesar de todo siempre merecerá la pena. Con calma, sin prisa, cómo el quiera, a su modo, disfrutando cada uno de las 48 curvas que hay que pasar como las páginas de un libro. Las impares mirando al este, las pares al oeste. Con algunas páginas más cortas e intensas, otras más largas y sosegadas. Con la vista puesta en aquella diminuta casa en la cima, que se va haciendo cada vez más grande como si fuera un globo que vamos hinchando con nuestro aliento. El nuestro y el de militares, campesinos, comerciantes que en su día le dieron sentido, y hoy los ciclistas, esquiadores, motoristas, turistas, montañeros, lo hemos convertido en un lugar de peregrinación, un sitio del que te vas con la sonrisa asegurada.

Por Jon Beunza/Joserra Uriz

Fotos: Andoni Epelde/Paco Portero/Archivos Stelvio

 

 

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