Día: 16 octubre, 2019

Si nos dieran a diez personas las localidades de salida y llegada de cada una de las etapas de una gran Vuelta, con algunas restricciones como la distancia máxima de cada una de las etapas o el desnivel máximo de las mismas, estoy convencido de que saldrían diez recorridos completamente distintos los unos de los otros. En ocasiones habría poco margen de maniobra, cuando la distancia entre la localidad de salida y de llegada es grande y hay que tirar por el camino más recto posible. Pero en otras, habría mucho juego, cuando esa distancia fuera pequeña y cada cual pudiera establecer el recorrido de esa etapa a su criterio (siempre acorde a las restricciones iniciales propuestas).

¿A dónde quiero ir a parar? Pues ahora mismo lo vais a ver. Estoy convencido de que cuando da comienzo el Tour de 2019 a comienzos de julio de este año, el director de ASO, Christian Prudhomme, tiene ya muy perfilado y definido el recorrido del Tour del año próximo. Al menos esas localidades de salida y llegada de la mayoría de las etapas. Restará algún fleco por atar, alguna ciudad aún por elegir teniendo dos o más opciones cercanas y que han solicitado ser salida o llegada de la prueba. Dicho de otro modo, Prudhomme tiene bastante definido dónde va a empezar y terminar cada una de las etapas, pero ahora le resta por definir el trazado definitivo de cada una de esas etapas donde tendrá distintas opciones en muchas de ellas.

Quizás algún lector ya intuya por dónde voy, mientras que algún otro todavía estará perdido pensando qué tiene que ver esto con la presentación del Tour de Francia del 2020. Pues mucho. En mi opinión, Prudhomme ha visto y palpado este año que presentando Tours como el del año 2019 no va a ninguna parte. Que el prestigio de la carrera más importante del mundo queda en entredicho, y hasta ve con asombro cómo pruebas como el Giro o incluso la Vuelta presentan recorridos mucho más potentes que el del propio Tour. Algo que hasta puede dar por bueno en caso de la ronda italiana (siempre un paso por delante en propuestas, valentía y búsqueda de novedades), pero inadmisible en el caso de la ronda española, históricamente muy por debajo de la ronda francesa. La respuesta del director de ASO ha sido este Tour de 2020, que no se parece en nada al de 2019 y que pretende recuperar el prestigio perdido de la Grand Boucle, puesto en entredicho en los últimos tiempos por no pocos aficionados a este deporte que no se dejan impresionar por los focos, luces y despampanantes fuegos artificiales del Tour, y que son capaces de mirar más allá y hacer una crítica real a un producto venido muy a menos y que dista mucho de ser la mejor prueba del calendario ciclista, por mucho que se trate del Tour de Francia.

Mi opinión personal, sin ninguna base científica, es que algo de lo que acabo de comentar ha ocurrido y ha pasado por las mentes pensantes de este Tour. Hay demasiadas diferencias entre el diseño los Tours 2019 y 2020: es casi como pasar de un extremo al opuesto. Pero no tanto, pues algunos criterios que ahora comentaremos se han mantenido inamovibles, si bien el cambio ha sido radical en muchos aspectos. Vamos a profundizar un poco más, sin llegar a desmenuzar el recorrido: ya habrá tiempo para ello.

Dos son los aspectos que se mantienen y donde parece que por parte de Prudhomme no hay ninguna intención de dar marcha atrás.

El primero: la escasez de kilómetros de contrarreloj de la prueba. Algo que ya no sorprende. Desde 2012 el Tour no presenta un Tour con peso en la lucha individual contra el crono. Es la mayor crítica que le hago a la prueba desde hace años, pues se mire como se mire, acaba siendo una prueba muy descompensada y que no da oportunidades a otro tipo de corredores. Este año la crono es el penúltimo día, en la modalidad de crono mixta sobre 36 km (30 llanos) y la subida final al puerto de La Planche des Belles Filles. La propuesta me gusta, pero me hubiera gustado más con una crono la primera semana plana y sobre una distancia de 40 km. No hay que olvidar la historia que hay detrás de la prueba, y el peso de la contrarreloj en el Tour siempre ha sido importante.

El segundo: la distancia de las etapas. Prudhomme ayer sacaba pecho y lo dijo de manera textual en la presentación. “No creo que haya carrera de tres semanas cuya etapa más larga sea más corta: 218 km”. Sinceramente, no creo que sea algo de lo que presumir. El ciclismo es un deporte de fondo y no tiene nada que ver hacer 160 km o 260 km, como hemos tenido la oportunidad de ver en los recientes campeonatos del mundo. Alguna etapa y sobre todo de montaña debería ser de gran fondo, una al menos. Pero viniendo del esperpento del Tour de 2019, hemos mejorado mucho y parece que se han dado cuenta de que el Tour de Francia no puede tener formato de Tour del Porvenir.

Estos dos aspectos innegociables para el director de ASO en los últimos años son en mi opinión las dos únicas críticas que le hago a la prueba. Pero vamos ahora con los aspectos positivos y que los ha habido, y muchos, de cara al próximo Tour.

No va a haber semana tranquila. Si dividimos la prueba en tres bloques, separados entre sí por cada una de las jornadas de descanso, observamos que cada uno de ellos presenta etapas con mucho jugo. La mayor renovación del Tour ha sido huir de ese primer bloque que antaño presentaba una sucesión de largas etapas llanas de gran desgaste y tensión. Paulatinamente han ido añadiendo distintos formatos al otrora desarrollo clásico de la prueba que veía su final con la disputa de la primera y larga crono individual. La primera semana de carrera del Tour 2020 que va desde el inicio hasta la primera jornada de descanso presenta una dureza inusitada en la prueba y que calificaría hasta de histórica.

La salida en Niza condiciona el desarrollo del Tour, pero estoy convencido de que había opciones mucho más sencillas de las elegidas. La 1ª etapa ya presenta hasta 7 cotas puntuables, que pese a no ser decisivas no se parecen en nada a la clásica primera etapa en línea de la prueba y con una única cota de 4ª categoría que sirva para vestir el primer maillot de lunares. Pero es que al día siguiente y en la 2ª etapa ya presenta una auténtica jornada de montaña con dos señores puertos de 1ª categoría y un final más que complicado y exactamente igual al que se viene realizando con éxito en las últimas ediciones de la París-Niza. Es toda una declaración de intenciones de por dónde marca este año el rumbo Prudhomme.

Pero por si todo esto fuera poco, en la 4ª etapa hay un final complicado en Orcières-Merlette donde Ocaña destrozó a Merckx. La 6ª etapa entra en territorio desconocido en una zona que puede dar mucho juego. Los 34 km finales de la etapa del Monte Aigoual, zona extremadamente ventosa, pueden hacer perder el Tour a más de uno al sexto día. ¡No lo digo por decir! No habremos llegado aún a la primera jornada de descanso y los Pirineos harán acto de presencia con dos etapas muy bien tiradas. Una clásica no exenta de dureza, y otra con grandes novedades y un puerto que no es novedoso, pero subido por una vertiente inédita. El Tour hace años que se ha dado cuenta de que debe innovar en este aspecto y lo está haciendo con mucho acierto. ¡Será por alternativas en Francia con una geografía que da tantas opciones!

Para cuando el Tour afronte su primera jornada de descanso, habrá habido 5 etapas que solo ellas valen casi todo el Tour de Francia de este 2019. Por eso digo que la diferencia es extrema respecto al año anterior.

El segundo bloque tras dos etapas que darán oportunidad a los sprinters (también tienen derecho a dejarse ver), vendrá marcada por una etapa que va ser un bombazo. La etapa del Macizo Central y que finaliza en Puy Mary supone aprovechar al máximo una zona en la que hasta ahora se han metido pocas veces y la mayoría de ellas sin sacar provecho del terreno. No hay puertos largos, no son ascensiones extremas, pero es una etapa de las de no hacer prisioneros: una de las etapas más duras de este tour en un terreno muy bien elegido y que es un sube y baja continuo. Mucha atención a esta etapa, que puede ser más dura que una de alta montaña. La del Grand Colombier con otra exigencia tremenda dará colofón a este segundo bloque: tiene un diseño espectacular y por dominios en los que hasta hace poco el Tour se negaba a entrar.

Y por si todo esto fuera poco, la tercera y última semana de carrera será el remate final para que no haya dudas. El olvidado final de Villar de Lans de tiempos de Perico (ya ha llovido), el inédito final en el terrible puerto de Loze (el final más duro del Tour y de los más duros de toda su historia), la quebrada etapa de Roche-sur-Foron y con el terrible Plateau des Glières muy bien situado (otro puerto que repite en poco tiempo), más la comentada crono del penúltimo día, decidirán al ganador final de este Tour, que no cabe duda de que habrá tenido que sudar la gota gorda.

En resumidas cuentas, se trata de un Tour durísimo, de los más duros que recuerde. Prudhomme no ha especulado, y si hay un hombre mucho más fuerte que el resto, puede sacar 10 minutos al segundo como hizo Ullrich en 1997. Al director de ASO le ha dado igual: ha apostado por una vez por hacer una carrera dura, sin especular, sin tratar de que llegue bloqueada o con diferencias apretadas a costa de quitar dureza a la prueba. ¿Arriesgado? Puede ser: con un recorrido así el más fuerte arrasa; pero también es cierto que el ganador es el mejor y más completo. El año pasado terminé mi análisis diciendo que el Tour se iguala por abajo, y eso no es bueno, porque esa es la mentalidad de los mediocres. Este año debo decir todo lo contrario: no se ha especulado. El Tour pega un puñetazo encima de la mesa y reclama su trono, puesto en entredicho por ellos mismos con recorridos ridículos. Un Tour así no deja supervivientes y los corredores que se preparen para tres semanas de infarto desde el primer día de carrera. Es una Vuelta a España pero a lo grande, elevado al cubo, devolviendo a la carrera francesa su prestigio y aquel miedo escénico que sentían los corredores de los 80 que iban a correr a Francia. Este es un Tour de verdad, sin crono, pero sin tonterías ni especulaciones. Y no sabéis lo que me alegro de escribir esto.

Por Rubén Berasategui

 

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