Día: 7 mayo, 2019

Cada edición del Giro que sube el GAVIA es especial. Para nosotros, más si lo hace desde Ponte di Legno. Allí, cada uno hemos vivido nuestra particular historia. En esta ocasión nuestro colaborador Javi Fuertes, nos deja la suya.

 

Tocaba planear un nuevo viaje a los Alpes con compañeros primerizos en este tipo de aventuras y a quienes los nombres de los grandes colosos siempre les resultan tentadores. Tenía claro que la elección iba a ser Italia, para repasar grandes mitos de la corsa rosa a los que íbamos a añadir otros de menos fama, aunque quizás más alucinantes. El viaje planteaba un problema logístico y de traslados importantes porque el menú estaba diseñado ciertamente a la carta. Una solución al problema era hacer una escala en Bormio, con lo cual iba a regresar 6 años después a un lugar donde quedaba alguna herida sin cicatrizar: “Aquel 29 de julio de 2012 era una jornada de 110 km y dos monstruos en el menú: el temible Mortirolo y el misterioso Passo Gavia.

Realmente era debutante en aquellos escenarios y la verdad es que el Mortirolo lo subimos con cierto respeto y una velocidad bastante asequible, pero la dureza siempre esta ahí. Vencido el primer coloso, el tramo que avanza valle arriba desde Edolo a Ponte di Legno se hace muy pestoso en una carretera con tráfico y poco espacio para los ciclistas.

En esta población comienza de menos a más el Passo Gavia. No se me olvida el calor en su primera parte y el error que supuso beber quizás demasiada agua al pararnos a refrescar en la magnifica fuente que hay en un pequeño parque recreativo, antes de llegar a Santa Apollonia.

Una vez pasado el pueblo la dureza aumenta exponencialmente y sobre todo al rebasar la barandilla que da acceso al estrechísimo bosque en el que algunas rampas superan el 15%. La cosa iba bien y, al dejar atrás el arbolado, aquella subida se volvía majestuosa y solitaria, con un tremendo barranco flanqueándonos a nuestra izquierda.

Pero una vez pasado el mojón de piedra que marcaba 6  km a la cima algo empezó a cambiar en mi cuerpo: malas sensaciones, problemas estomacales y un fuerte dolor de cabeza me empezaban  a hacer mella en medio de aquel maravilloso entorno. A falta de 4 km mi cuerpo dijo basta y tuve que poner pie a tierra quedándome sentado en uno de los mojones de piedra.

Con la ayuda de mis compañeros conseguí a duras penas dar alcance al Refugio Bonetta de la cima. La subida estaba completada, pero yo sabía en mi foro interno que aquello había sido una derrota en toda regla y que mi buena imagen tenía algún día que ser reestablecida”.

El 18 de Agosto de este verano no había excusa posible y me encontraba en Ponte di Legno dispuesto a dar carpetazo a aquella imagen. La idea estaba clara: poner un ritmo tranquilo y admirar de nuevo la majestuosidad de una subida con un halo misterioso y un tono ciertamente salvaje de alta montaña en su parte final. Los kilómetros se sucedían y la empresa parecía mucho más asequible habiendo evitado en esta ocasión el Mortirolo.

Tengo que decir que he disfrutado como pocas veces encima de la bicicleta, subiendo relajado, sabiendo que manejaba mi cuerpo y que tenía todo bajo control. Estaba tratando de absorber todos los detalles de la subida y a su vez estaba firmando un pacto de no agresión con aquel puerto inolvidable.

La herida se cerraba y, al paso por aquel punto y por aquella imagen del mojón fatídico, el Gavia esta vez me dio su visto bueno y pude recorrer el túnel y ese rocoso tramo final con la tranquilidad de que el objetivo estaba cerca y de que mi admiración por este paso montañoso era ya total.

Coronar fue un momento de felicidad y liberación. Hace 6 años yo no le traté con el debido respeto y el Gavia fue implacable. Ahora, en 2018, el pacto firmado con mi antiguo rival espero que dure para siempre. Ya no tengo dudas de que volveré a Ponte di Legno y con la convicción de que seré bien recibido.

Por Javi Fuertes

Fotos: Andoni Epelde/Paco Portero

 

 

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