Día: 25 septiembre, 2018

Este verano hemos tenido oportunidad de vivir una experiencia diferente. Habíamos trabajado con gente de Colombia, pero hasta ahora nunca con un grupo entero. Era como si los “extraños” fuésemos nosotros: estábamos en casa, de anfitriones, pero éramos minoría, y esto hizo que desde el primer momento sintiéramos la necesidad de integrarnos al máximo y romper cualquier tipo de barrera.

Fueron casi 10 días recorriendo Pirineos, trabajando, pero cargados de esa inquietud que te motiva y que te lleva a escuchar, observar y preguntar para servir aprendiendo.
Llevamos ya cerca de 15 años organizando viajes ciclistas y en este tiempo hemos podido compartir carretera con gente de muchísimos países y con “perfiles ciclistas” de lo más dispar.
Dicen que la variedad enriquece y en este sentido, el cicloturismo es una mina de oro. Vengamos de donde vengamos, una vez nos sentamos en nuestra bicicleta, empezamos a pedalear y sentimos el roce del aire, solo existe un protagonista: la bici.
Compartiendo lo que nos une, las distancias se acortan, la cercanía crece, estamos cómodos, nos abrimos y acabamos sabiendo más cosas no sólo de los demás, sino también de nosotros mismos.

Colombia es el país de moda en el ciclismo y no hay competición de alto nivel en la que no estén varios de sus ciclistas entre los favoritos.
Viven y respiran ciclismo, y esa es una de las cosas que pudimos comprobar en nuestro día a día. Escuchándolos, quedaba patente la ilusión que transmite el entorno del ciclismo en su país. Tienen a los “actores” de moda y viven una bonanza que quiere durar mucho tiempo. Como casi siempre pasa cuando hay grandes figuras (y esto ocurre en todos los países), los efectos colaterales se disparan y uno de ellos es que el cicloturismo colombiano viva el mejor momento de su historia.

Foto: A. Epelde/Ziklo

 

 

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